David Copperfield (Charles Dickens) - pág.596
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-Miss Dartle -dije en tono suplicante-, ¡en nombre del cielo!...
-Quiero hablar -dijo, mirándome con sus ojos luminosos-. ¡Cállese! ¡Le digo que me mire, orgullosa madre de un hijo pérfido y orgulloso! Llore, pues usted le has criado, llora, pues usted le has corrompido; llore sobre él por usted y por mí.
Se estrechaba convulsivamente las manos; la pasión parecía consumir a fuego lento a aquella criatura diminuta.
-¿Y es usted quien no ha podido perdonarle su espíritu voluntario? -exclamó-. ¿Usted quien se ha ofendido por su carácter altanero, usted, que lo combatía (con los cabellos blancos ya) con las mismas armas que le había dado el día de su nacimiento? ¿Es usted quien, después de haberle educado desde la infancia para que fuera lo que ha llegado a ser, ha querido ahogar en germen lo que había cultivado? ¡Ahora está usted bien pagada por el trabajo que se ha tomado durante tantos años!
-¡Oh, miss Dartle, qué vergüenza, qué crueldad!
-Le repito que quiero hablar con ella. Nada en el mundo podrá impedírmelo mientras permanezca aquí. ¿Acaso he guardado silencio durante años enteros para no decir nada ahora? Le he querido como nunca le ha querido usted -dijo, mirándola con ferocidad-. Yo hubiera podido amarle sin pedirle que me correspondiera. Si hubiera sido su mujer, habría sabido hacerme la esclava de sus caprichos por una sola palabra de amor, aunque fuese una vez al año. Sí, ¿quién lo sabe mejor que yo? Pero usted era exigente, orgullosa, insensible, egoísta. Mi amor hubiera sido abnegado... hubiera pisoteado sus miserables rencores.
Con los ojos ardientes de cólera, simulaba el gesto de aplastar con el pie.
-Mire usted -dijo volviendo a golpearse la cicatriz-. Cuando tuvo ya edad de comprender lo que había hecho, lo vio y se arrepintió. He sabido cantar para darle gusto, charlar con él, demostrarle el ardor con que me interesaba por todo lo que hacía; he podido, con mi perseverancia, llegar a ser lo bastante instruida para agradarle, pues he tratado de agradarle y lo he conseguido. Cuando su corazón era todavía joven y fiel, me ha amado, sí, me ha amado. ¡Cuántas veces, cuando acababa de humillarla a usted con una palabra de desprecio, me ha estrechado a mí contra su corazón!
Hablaba con un orgullo insultante, frenético, pero también con un recuerdo ardiente y apasionado, de un amor cuyas cenizas dormidas dejaban escapar alguna llama de fuego más dulce.
-Después he tenido la humillación... hubiera debido esperármelo, si no me hubiera fascinado con sus ardores de niño..., después he sido para él un juguete, una muñeca, que servía de pasatiempo a su ocio; la cogía y la dejaba, para divertirse, según el inconstante humor del momento. Cuando se ha cansado de mí, yo también me he cansado. Cuando ya no ha pensado en mí, yo no he tratado de recobrar mi poder sobre él; tampoco me hubiese casado con él aunque me hubieran obligado a ello. Nos hemos separado uno de otro sin una palabra.
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