David Copperfield (Charles Dickens) - pág.594
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El viento se había apaciguado y todo estaba silencioso a inmóvil.
Al principio no tenía valor para llamar a la puerta, y cuando me decidí me pareció que hasta la campanilla, con su ruido lamentable, debía anunciar el triste mensaje de que era portador. La joven criada vino a abrirme, mirándome con expresión inquieta. Mientras me hacía pasar ante ella me dijo:
-Perdón, señorito, ¿está usted enfermo?
-No; es que estoy preocupado y cansado.
-¿Ha sucedido algo, caballero? ¿Míster James...?
-¡Chis! -le dije-. Sí; ha sucedido algo, y tengo que anunciárselo a mistress Steerforth. ¿Está en casa?
La muchacha respondió con inquietud que su señora no salía casi nunca, ni aun en coche; que estaba siempre en su habitación y no veía a nadie, pero que me recibiría. También me dijo que miss Dartle estaba con su señora.
-¿Qué quiere usted que les diga?
Le recomendé que no las asustara; que no hiciera más que entregar mi tarjeta y decir que estaba esperando abajo. Después entré en el salón y me senté en una butaca. El salón había perdido su aspecto animado, y los postigos de las ventanas estaban medio cerrados. El arpa no se había tocado desde hacía mucho tiempo. El retrato de Steerforth niño seguía allí. A su lado, el escritorio donde la madre guardaba las cartas de su hijo. ¿Las releía alguna vez? ¿Las volvería a leer?
La casa estaba tan tranquila, que oí en la escalera los pasos de la doncella. Venía a decirme que mistress Steerforth estaba demasiado delicada para bajar, pero que si quería dispensarla y molestarme en subir, tendría mucho gusto en verme. En un instante estuve a su lado.
Estaba en la habitación de Steerforth, y no en la suya. Comprendí que la ocupaba en recuerdo de él, y que por la misma razón había dejado allí, en su sitio habitual, una multitud de objetos de los que estaba rodeada, recuerdos vivos de los gustos y habilidades de su hijo. Al darme los buenos días murmuró que había abandonado su habitación porque, en su estado de salud, no le resultaba cómoda, y tomó una expresión imponente, que parecía rechazar toda sospecha de la verdad.
Rose Dartle estaba, como siempre, al lado de su sillón. En el momento en que fijó sus ojos en mí me di cuenta de que comprendía que llevaba malas noticias. La cicatriz apareció al instante. Retrocedió un paso, como para escapar a la vista de mistress Steerforth, y me espió con una mirada penetrante y obstinada, que ya no me abandonó.
-Siento mucho que esté usted de luto, caballero -me dijo mistress Steerforth.
-He tenido la desgracia de perder a mi mujer -le dije.
-Es usted muy joven para haber experimentado ya una pena tan grande, y lo siento, lo siento mucho. Espero que el tiempo le traiga algún consuelo.
-Espero -dije mirándola- que el tiempo nos traiga a todos consuelo... Querida mistress Steerforth, es una esperanza que hay que alimentar siempre, aun en medio de las más dolorosas pruebas.
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