David Copperfield (Charles Dickens) - pág.591
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Faltaban otros dos hombres. La angustia de las gentes de la playa aumentó. Los hombres gemían y se apretaban las manos; las mujeres gritaban volviendo la cabeza. Algunos corrían de arriba abajo en la playa, pidiendo socorro, cuando no se podía socorrer. Yo me encontraba entre ellos, implorando como loco, a un grupo de marineros que conocía, que no dejasen perecer a aquellas dos criaturas delante de nuestros ojos.
Ellos me explicaban con mucha agitación (no sé cómo, pues lo poco que oía no estaba casi en disposición de entenderlo) que el bote salvavidas había intentado con valentía socorrerlos hacía una hora, pero que no pudo hacer nada; y como ningún hombre estaba tan desesperado como para arriesgarse a llegar nadando con una cuerda y establecer una comunicación con la playa, nada quedaba por intentar. Entonces noté que se armaba un revuelo entre la gente, y vi adelantarse a Ham, abriéndose paso por entre los grupos.
Corrí hacia él (puede que a repetir mi demanda de socorro); pero aunque estaba muy aturdido por un espectáculo tan terrible y tan nuevo para mí, la determinación pintada en su rostro y en su mirada fija en el mar (exactamente la misma mirada que tenía la mañana después de la fuga de Emily) me hicieron comprender el peligro que corría. Le sujeté con los dos brazos, implorando a los hombres con quienes había estado hablando que no le escucharan, que no cometieran un asesinato, que no le dejaran moverse de la playa.
Otro grito se elevó de entre la multitud, y al mirar a los restos de la goleta vimos que la vela cruel, a fuerza de golpes, había arrancado al hombre que estaba más bajo, de los dos que quedaban, y envolvía de nuevo la figura activa que quedaba ya sola en el mástil.
Contra aquel espectáculo y contra la determinación de un hombre tranquilo, acostumbrado a imponerse a la mitad de la gente allí reunida, todo era inútil; lo mismo podía amenazar al viento.
-Señorito Davy -me dijo apretándome las dos manos-, si mi día ha llegado, es que ha llegado, y si no, pronto nos veremos. ¡Que Dios le bendiga y nos bendiga a todos! ¡Compañeros, preparadme, porque voy a salir!
Me arrastraron suavemente a alguna distancia, donde la gente me rodeó para no dejarme marchar, argumentándome que, puesto que se había propuesto socorrerle, lo haría con o sin ayuda de nadie, y que ya no hacía más que dificultar las precauciones que estaban tomando para su seguridad. No sé lo que les dije ni lo que me contestaron; pero vi hombres que trajinaban en la playa, y otros que corrían con las cuerdas de un cabrestante cercano, y se metían en un círculo de gentes que me lo escondían. Luego lo vi, en pie, solo, vestido con su traje de mar: con una cuerda en la mano o arrollada a la muñeca, otra alrededor de la cintura, que él mismo iba soltando al andar y en el extremo varios de los hombres más fuertes la sujetaban.
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