David Copperfield (Charles Dickens) - pág.589
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Me fui a la cama excesivamente cansado y aburrido; pero en el momento que me acosté todas estas sensaciones desaparecieron como por encanto, y estaba perfectamente despierto y con todos los sentidos aguzados.
Horas y horas estuve oyendo al viento y al agua, imaginándome que oía gritos en el mar; tan pronto disparaban cañonazos como oía derrumbarse las caws de la ciudad. Me levanté varias veces y miré fuera; pero nada podía ver, excepto el reflejo de la vela que había dejado encendida, y mi propia cara hosca, que me miraba reflejándose en lo negro del cristal de la ventana.
Por último, mi nerviosidad llegó a tal punto, que me vestí precipitadamente y bajé. En la gran cocina, donde distinguía las ristras de ajos y los jamones colgando de las vigas, los que estaban de guardia se habían reunido en varias actitudes alrededor de una mesa que habían corrido a propósito hacia la puerta. Una muchachita muy bonita, que tenía los ojos tapados con el delantal y los ojos fijos en la puerta, se puso a chillar cuando entré, creyendo que era un espíritu; pero los demás, que tenían más sangre fría, se alegraron de que me uniera a su compañía. Uno de ellos, refiriéndose a lo que habían estado discutiendo, me preguntó que si creía que las almas de la tripulación de los carboneros que se habían ido a pique estarían en la tormenta.
Estuve allí unas dos horas.
Una vez abrí la puerta del patio y miré a la calle, vacía. Las algas, la arena y los copos de espuma seguían arrastrándose, y tuve que pedir ayuda para conseguir cerrar la puerta contra el viento.
Cuando por fin volví a mi cuarto oscuro y solitario estaba tan cansado que me metí en la cama y me quedé profundamente dormido. Sentí como si me cayera de una alta torre a un precipicio, y aunque soñé que estaba en sitios muy distintos y veía otras escenas, en mi sueño oía soplar al vendaval. Por fin perdí este pequeño lazo que me unía con la realidad y soñé que estaba con dos amigos míos muy queridos, pero que no sé quienes eran, en el sitio de una ciudad rodeada de cañonazos.
El ruido del cañón era tan fuerte a incesante, que no podía oír una cosa que estaba deseando oír, hasta que, haciendo un gran esfuerzo, me desperté. Estábamos en pleno día, entre ocho y nueve de la mañana; la tormenta atronaba en lugar de las baterías, y alguien me llamaba dando golpes en la puerta.
-¿Qué pasa? -grité.
-¡Un naufragio muy cerca!
Salté de la cama y pregunté:
-¿Qué naufragio?
-Una goleta española o portuguesa, cargada con fruta y vinos. Dése prisa si quiere verlo. Creo que está cerca de la playa y que se hará pedazos muy pronto.
La voz excitada se alejaba alborotando por la escalera; me vestí lo más aprisa que pude y corn a la calle.
Un público numeroso estaba allí antes de que yo llegara, todos corriendo en la misma dirección a la playa.
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