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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.588

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Estaban tan embrolladas mis ideas, que había perdido la norma del tiempo y la distancia. De modo que no me hubiera sorprendido nada encontrarme por aquellas calles con personas que yo sabía que tenían que estar en Londres. Había en mi mente un vacío extraño respecto a estas ideas; pero mi memoria estaba muy ocupada con los recuerdos claros y vivos que este lugar despertaba en mí.
Estando en aquel estado, sin ningún esfuerzo de voluntad, combiné lo que me acababa de contar el camarero con mis extraños temores acerca de Ham. Me temía su vuelta de Lowestoft por mar, y su naufragio. Esta idea creció en mí de tal manera que resolví volver al astillero antes de comer y preguntar al botero si creía que había alguna probabilidad de que Ham volviera por mar, y, si me dejaba alguna duda, obligarle a venir por tierra yendo a buscarle.
Ordené aprisa la comida y volví al astillero con toda oportunidad, porque el botero, con una lintema en la mano, estaba cerrando la entrada. Casi se rio cuando le hice mi pregunta, y me contestó que no había miedo de que ningún hombre en sus cabales saliera a la mar con semejante galerna, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para marino.
Tranquilizado con esto y casi avergonzado de haberlo preguntado, volví a la posada. Si un vendaval como aquel podía aumentar, creo que entonces estaba aumentando. El rechinar de ventanas y puertas, el aullido del viento dentro de las chimeneas, el aparente temblor de la casa misma que me cobijaba y el prodigioso tumulto del mar eran más tremendos que por la mañana. Además, había que añadir la oscuridad, que invadía todo con nuevos terrores, reales a imaginarios.
No podía comer, no podía estar sentado, no podía prestar una atención continuada a nada. Algo dentro de mí, contestando débilmente a la tormenta exterior, revolvía lo más profundo de mi memoria, confundiéndola. Sin embargo, en el atropello de mis pensamientos, que corrían, como salvajes, al compás del mar, la tormenta y mi preocupación por Ham me angustiaban de un modo latente.
Se llevaron la comida sin que casi la probara. Intenté refrescarme con un vaso o dos de vino; pero fue inútil. Me amodorré junto al fuego, sin perder del todo la consciencia ni de los ruidos de fuera ni de donde me encontraba. Pronto se oscurecieron por un nuevo a indefinible horror, y cuando desperté (o mejor dicho, cuando sacudí la modorra que me sujetaba en mi silla) todo mi ser temblaba de un miedo sin objeto a inexplicable.
Me paseé de arriba abajo; intenté leer un periódico viejo; escuché los ruidos horribles de fuera; me entretuve viendo escenas, casas y cosas en el fuego. Por fin, el tranquilo tictac de un reloj que había en la pared me atormentó de tal modo que resolví irme a la cama.
Me tranquilizó un poco el oír decir que algunos de los criados de la posada habían decidido no acostarse aquella noche.


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