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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.587

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Uniéndome a aquellos grupos vi mujeres que se asustaban y lloraban porque sus maridos estaban en la pesca del arenque y de ostras, y pensaban, con razón, que los botes podían haberse ido a pique antes de encontrar puerto. Entre la gente había marinos viejos, curtidos en su oficio, que sacudían la cabeza mirando al mar y al cielo, y hablándome entre dientes; amos de barcos, excitados y violentos; hasta lobos de mar preocupados mirando con ansiedad desde sus cobijos y fijando en el horizonte sus anteojos como si observaran las maniobras de un enemigo.
Cuando ya no me confundió ni el ruido horroroso de la tormenta, ni las piedras y la arena que volaban, y me fui acostumbrando al viento cegador, pude mirar al mar, que estaba grandioso. Cuando se levantaban las enormes montañas de agua para derrumbarse desde lo más alto, parecía que la más pequeña podría tragarse la ciudad entera. Las olas, al retroceder con un ronco rugido, socavaban profundas cavernas en la arena, como si se propusieran minar la tierra para su destrucción. Y cuando, coronadas de espuma, se rompían antes de llegar a la orilla, cada fragmento parecía poseído por toda su cólera y se precipitaba a componer otro nuevo monstruo. Colinas ondulantes se transformaban en valles; de valles ondulantes (con alguna gaviota posada entre ellos) surgían colinas; enormes masas de agua hacían retemblar la playa con su horroroso zumbido; cada ola, tan pronto como estaba hecha, tumultuosamente cambiaba de sitio y de forma, para tomar al lugar y la forma de otra a la que vencía; la otra costa, imaginada en el horizonte, con sus grandes torres y construcciones, subía y bajaba sin cesar; las nubes bailaban vertiginosas danzas; me parecía que presenciaba una rebelión de la naturaleza.
Al no encontrar a Ham entre las gentes que había reunido aquel vendaval memorable (porque aún lo recuerdan por allí como el viento más fuerte que soplara nunca en la costa) me fui a su casa. Estaba cerrada, y como nadie contestó a mi llamada, me fui por los caminos de detrás al astillero donde trabajaba. Allí me dijeron que se había ido a Lowestoft para hacer algunas reparaciones que habían requerido su talento, pero que volvería a la mañana siguiente.
Volví a la posada, y después de lavarme y arreglarme traté de dormir; pero era en vano. Eran las cinco de la tarde. No había estado sentado ni cinco minutos junto al fuego, cuando el camarero que vino a atizarlo (una disculpa para charlar) me dijo que dos barcos carboneros se habían ido a pique con toda su gente a unas pocas millas, y que otros barcos estaban luchando contra el temporal en gran peligro de estrellarse contra las rocas. «Que Dios los perdone -dijo-, si tenemos otra noche como la última. »
Estaba muy deprimido, muy solo, y me turbaba la idea de que Ham no estuviera en su casa. Los últimos sucesos me habían afectado seriamente, sin que yo supiera hasta qué punto, y el haber estado expuesto a la tormenta durante tanto tiempo me había atontado la cabeza.


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