David Copperfield (Charles Dickens) - pág.586
Indice General
|
Volver
Página 586 de 653
Había hecho aire durante todo el día; pero entonces empezó a arreciar, con un ruido horrible. Aumentaba por momentos, y el cielo también estaba cada vez más cargado.
Según avanzaba la noche, las nubes se cerraban y se extendían densas sobre el cielo, ya muy oscuro, y el viento soplaba cada vez con más fuerza. Los caballos apenas si podían seguir. Muchas veces, en la oscuridad de la noche (era a fines de septiembre, cuando las noches son largas), los que iban a la cabeza se volvían o se paraban, y temíamos que el coche fuera derribado por el viento.
Ráfagas de lluvia llegaron antes que la tormenta, azotándonos como si fueran chaparrones de acero; y en aquellos momentos no había ni árboles ni muros donde guarecerse, y nos vimos forzados a detenernos, en la imposibilidad de continuar la lucha.
Cuando amaneció, el viento seguía arreciando. Yo había estado en Yarmouth cuando los marinos decían que «soplaban los cañones»; pero nunca había visto nada semejante ni que se le acercara. Llegamos a Ipswich tardísimo, habiendo tenido que luchar por cada pulgada de terreno que ganábamos, desde diez millas fuera de Londres, y encontramos en la plaza un grupo de gente que se había levantado de la cama por miedo a que se derrumbasen las chimeneas. Algunas de estas gentes se reunieron en el patio de la posada mientras cambiábamos de caballos, y nos contaron que el viento había arrancado grandes láminas de plomo de la torre de una iglesia, y que habían caído en una cane cercana, cerrando el paso por completo. Otros contaban que unos aldeanos que venían de pueblos cercanos habían visto árboles grandes arrancados de raíz y cuyas ramas cubrían los caminos y el campo. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vez era más fuerte.
Según íbamos avanzando hacia el mar, de donde venía el viento, su fuerza era cada vez más terrible. Mucho antes de ver el mar nos mojamos con su agua salada y con su espuma. El agua había invadido kilómetros y kilómetros del terreno llano que rodea Yarmouth, y cada arroyuelo se salía de su cauce y se unía a otros un poco mayores. Cuando llegamos a ver el mar, las olas en el horizonte, vistas de vez en cuando sobre los abismos que se ahondaban, parecían las torres y las construcciones de otra costa cercana. Cuando por fin llegamos a la ciudad, la gente salía a las puertas de las casas, con los cabellos erizados por el viento, y se maravillaba de que la diligencia hubiera podido llegar con semejante noche.
Bajé en la posada vieja, y enseguida, dando tropezones por la calle, que estaba sembrada de arena y algas y volanderos copos de espuma, temiendo que me cayeran encima tejas o pizarras, y agarrándome a la gente que encontraba, me fui a ver el mar. Al llegar a la playa vi no sólo a los marineros, sino a medio pueblo, que estaba allí, refugiado detrás de unas construcciones; algunos, desafiando la furia de la tormenta, miraban mar adentro; pero al momento tenían que volver a guarecerse haciendo verdaderos zigzag para que el viento no los empujara.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
551
552
553
554
555
556
557
558
559
560
561
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
572
573
574
575
576
577
578
579
580
581
582
583
584
585
586
587
588
589
590
591
592
593
594
595
596
597
598
599
600
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|