David Copperfield (Charles Dickens) - pág.583
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El cochero reconoció a mi tía, y obedeciendo a una seña que por la ventanilla le hizo mi tía, echó a andar despacio. Nosotros le seguíamos.
-¿Lo comprendes ahora, Trot? -dijo mi tía-. ¡Se fue!
-¿Murió en el hospital?
-Sí.
Estaba inmóvil a mi lado; pero otra vez volví a ver las lágrimas rebeldes correr por sus mejillas.
-Primero volvió a verme -dijo mi tía-. Llevaba bastante tiempo enfermo; era un hombre destrozado, roto, estos últimos años. Cuando supo el estado en que estaba pidió que me llamaran. Estaba arrepentido, muy arrepentido.
-¡Y tú fuiste, tía; lo sé!
. -Fui. Y estuve con él varias veces.
-¿Y se murió la noche anterior a nuestro viaje a Canterbury? -le dije.
Mi tía afirmó con la cabeza.
-Nadie le puede hacer daño ahora -dijo-. Era una amenaza vana.
Salimos de la ciudad, y llegamos al cementerio de Homsey.
-Mejor aquí que entre calles -dijo mi tía-. Aquí nació.
Bajamos, y seguimos al féretro sencillo a un rincón que recuerdo muy bien, donde leyeron las oraciones del ritual y le cubrieron de tierra.
-Hoy hace treinta y seis años, querido mío -dijo mi tía cuando volvíamos al coche-, que me casé. ¡Dios nos perdone a todos!
Nos sentamos en silencio, y así seguimos mucho rato, con su mano en la mía. Por fin se echó a llorar y dijo:
-Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot. ¡Ahora había cambiado tanto!
Después del alivio de las lágrimas, se serenó pronto y hasta estuvo alegre.
-Estoy mal de los nervios -me dijo-; por eso me he dejado llevar por mi pena. ¡Que Dios nos perdone a todos!
Volvimos a su casa de Highgate, donde encontramos la siguiente carta, de míster Micawber, que había llegado en el correo de la mañana:
«Canterbury.
Mi querida señora, y Copperfield: La tierra prometida que brillaba hace poco en el horizonte está otra vez envuelta en niebla impenetrable y desaparece para siempre a los ojos de un infeliz que va a la deriva y cuya sentencia está sellada.
Una nueva orden ha sido dada (en el Tribunal Supremo de Su Majestad, en King´s Bench Westminster) sobre la causa de Heep y Micawber, y el demandado de esta causa es la presa del sheriff, que tiene legal jurisdicción en esta bailía.
Ahora es el día, y ahora es la hora;
ved el frente de la batalla más bajo,
ved acercarse el poder de Eduardo el vanidoso.
¡Cadenas y esclavitud!
Por consiguiente, y para un fin rápido (porque la tortura mental sólo se puede soportar hasta cierto punto, al que siento que he llegado) mi carrera durará poco. ¡Los bendigo, los bendigo! Algún viajero futuro, que visite por curiosidad, y espero que también por simpatía, el sitio que dedican en esta ciudad a los deudores, confío en que reflexionará cuando vea en sus muros, inscritas con un clavo mohoso,
Las oscuras iniciales
W M.
P S. -Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nuestro común amigo míster Thomas Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y costes en nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide de la felicidad humana.
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