David Copperfield (Charles Dickens) - pág.579
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-Cinco mil libras -dijo Traddles.
-Eso es lo que quedaba -contestó mi tía-. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pareció prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en secreto para algún día de apuro. Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No me hablen, porque tengo los nervios alterados!
Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es que se dominaba maravillosamente.
-Pues no saben lo que me alegro decirles -exclamó Traddles radiante de alegría- que hemos recobrado todo el dinero.
-Que nadie me dé la enhorabuena -exclamó mi tía-. ¿Y cómo es eso, caballero?
-¿Usted creía que míster Wickfield lo había malversado? -dijo Traddles.
-Claro que lo creía -dijo mi tía-, y por eso me lo callaba. Agnes, ni una palabra.
-Y se vendió -dijo Traddles-, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había apoderado del dinero (dándole instrucciones generales, decía) para ocultar otros deficits y deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, haciéndose así, desgraciadamente, cómplice del fraude.
-Y por fin cargó con toda la culpa -añadió mi tía-, y me escribió una carta loca, culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una mañana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor a su hija. Si alguien me habla, me marcho ahora mismo.
Todos nos quedamos silenciosos; Agnes se tapaba la cara.
-Bien, amigo mío -dijo mi tía después de una pausa-, ¿y por fin le ha vuelto usted a sacar el dinero?
-El hecho es -contestó Traddles- que míster Micawber le había cercado de tal modo, que tenía siempre preparados argumentos nuevos por si alguno fallaba, y no se nos pudo escapar. Una de las circunstancias más notables es que no creo que se apoderara de la cantidad por satisfacer su avaricia desordenada, sino más bien por el odio que sentía contra Copperfield. Me lo dijo claramente. Dijo que hubiese gastado otro tanto por hacer daño a Copperfield.
-¡Ah! -exclamó mi tía frunciendo su entrecejo y mirando hacia Agnes-. ¿Y qué ha sido de él?
-No lo sé -dijo Traddles-. Se marchó de aquí con su madre, que no había cesado de clamar, descubrirse y amenazarnos. Se marcharon en una de las diligencias de la noche, y ya no he vuelto a saber de él, excepto que su odio hacia mí al despedimos fue inmenso.
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