David Copperfield (Charles Dickens) - pág.576
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-Precisamente -asintió mistress Micawber-. Sin embargo, puedo estar equivocada en mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor, por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No puedo por menos de pensar -dijo mistress Micawber con expresión de profunda sagacidad- que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos, sino para inscribirlo en letras de cambio y negociarlo en la Banca.
La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de repente:
-Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón.
-Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante tanto tiempo -continuo mistress Micawber- y de empezar una nueva carrera, en una tierra donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinion, es muy importante, porque las habilidades de míster Micawber requieren mucho espacio), me parece a mí que mi familia debía señalar esta ocasión adelantándose la primera. Lo que yo desearía es ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y costeada por mi familia; donde, al proponer algún miembro importante de mi familia un brindis a la salud de míster Micawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de vista.
-Querida mía -dijo míster Micawber con cierta pasión-, quizá sea mejor que yo declare ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunion, probablemente los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin paliativo.
-Micawber -dijo mistress Micawber, sacudiendo la cabeza-, nunca les has comprendido, y ellos nunca lo han comprendido a ti.
Míster Micawber tosió.
-Nunca lo han comprendido -dijo su mujer-. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos.
-Siento mucho, mi querida Emma -dijo, con mayor lentitud míster Micawber-, el haberme traicionado en expresiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros; y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deberles la menor ayuda. Eso no quita, querida mía, que si llegaran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra experiencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos.
Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremoniosamente llevaron a cabo.
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