David Copperfield (Charles Dickens) - pág.573
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-¡Oh Jip; puede que ya nunca más!
Se echa a mis pies, se estira como para dormirse y con un gemido se queda muerto.
-¡Oh Agnes! ¡Mira! ¡Mira! ¡Ven!
¡Pero esa cara tan llena de compasión, de dolor; esa lluvia de lágrimas, ese horrible llamamiento, esa mano solemnemente levantada hacia el cielo!
-¿Agnes?
Se acabó. La oscuridad llega a mis ojos, y durante algún tiempo todo se borra de mi memoria.
CAPÍTULO XIV
LAS OPERACIONES DE MÍSTER MICAWBER
No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo esto; pero no fue en el primer momento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran envuelto desde el primer instante, distrayendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el que pude consolar mi memoria, descansándola en todo lo más hermoso a inocente de la tiema historia que se me había cerrado para siempre.
Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes dominaba de tal modo todo lo que pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que Ya no sé más.
Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía agobiarme un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el ángel de la muerte entró en ella, mi «mujer-niña» se durmió con una sonrisa sobre su pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo.
De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado corazón, dulcificando sus dolores.
Pero voy a proseguir mi relato.
Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa decidida desde el primer momento. La tierra cubría ya los restos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo que míster Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los emigrantes».
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