David Copperfield (Charles Dickens) - pág.572
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Además, tú eres muy inteligente, y yo nunca lo he sido.
-Hemos sido muy felices, mi dulce Dora.
-He sido muy feliz; pero cuando hubieran pasado unos años, mi pobre Doady se hubiese aburrido de su «mujer-niña». Cada vez habría sido ella menos su compañera, y él se hubiese dado más cuenta de lo que faltaba en su hogar. Ella no habría adelantado nada. Es mejor que sea lo que es.
-¡Oh Dora querida, querida Dora; no me hables así! ¡Cada palabra tuya me parece un reproche!
-No, ni una sílaba -me contesta besándome-. ¡Oh, querido mío!, nunca los has merecido, y te quiero demasiado para dirigirte una sola palabra de reproche, de veras. Era el único mérito que tenía, excepto el ser bonita, o que tú me creyeras bonita. ¿Estás muy solo abajo, Doady?
-¡Mucho, mucho!
-No llores. ¿Está mi silla allí?
-En su sitio de siempre.
-¡Oh cómo llora mi pobre Doady! ¡Huch! ¡Huch! Ahora prométeme una cosa. Quiero hablar con Agnes. Cuando bajes, díselo y mándamela; y mientras le hablo no dejes entrar a nadie, ni tan siquiera a la tía; quiero hablar con Agnes a solas.
Le prometo que enseguida subirá Agnes; pero no puedo dejarla, de pena que tengo.
-He dicho que es mejor que sea lo que ha de ser -murmura mientras me estrecha en sus brazos- ¡Oh Doady!, des~ pués de unos años no hubieses podido creer más que ahora a tu pobre «mujer-niña», y después de unos años te habría impacientado tanto y desilusionado tanto, que no hubieses podido quererla ni la mitad. Sé que era demasiado chiquilla y tonta. ¡Es mejor que sea lo que ha de ser!
Agnes está abajo cuando entro en la sala y le doy el recado. Desaparece, dejándome solo con Jip.
Su caseta está junto al fuego, y él está tumbado dentro, en su cama de franela, intentando dormir. La luna, brillante, está muy clara y muy alta. Mientras miro la noche, mis lágrimas corren y mi indisciplinado corazón sufre.
Estoy junto al fuego, pensando con remordimiento en todos los secretos sentimientos que he alimentado desde mi boda. Pienso en todas las cosas pequeñas que ha habido entre Dora y yo, y veo que tienen razón los que dicen que las cosas pequeñas hacen la suma de la vida. Para siempre, levantándose del mar de mis recuerdos, está la imagen de mi querida niña como la conocí al principio, agraciada por mi amor joven y por el suyo y rica de todos los encantos que llenaban aquel amor. « ¿Habría sido mejor que nos hubiéramos querido como un niño y una niña que se quieren y se olvidan?»
¡Corazón indisciplinado, contesta!
No sé cómo pasa el tiempo, hasta que me hace volver a la realidad el viejo compañero de mi «mujercita-niña». Está muy intranquilo, se arrastra fuera de su caseta, me mira y va hacia la puerta, y llora para que le deje subir.
-No, Jip. ¡Esta noche no!
Vuelve hacia mí muy despacito, me lame las manos, levanta sus húmedos ojos hacia mi cara.
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