David Copperfield (Charles Dickens) - pág.571
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-¿Quién hay en el mundo a quien pudiera echar de menos como a ti?
-¡Oh, Doady! ¡Estoy tan contenta y tan... tan triste! -dice, abrazándome más fuerte y envolviéndome con sus dos brazos.
Se ríe, llora, se tranquiliza y por fin se pone del todo contenta.
-Del todo -dice-; sólo que tienes que mandarle mi cariño a Agnes y decirle que quiero verla; y que ya no desearé nada más.
-Excepto curarte, Dora.
-¡Ah Doady! Algunas veces pienso (ya sabes que siempre he sido una cosa tan tonta) que eso no sucederá jamás.
-¡No digas eso, Dora! ¡No lo pienses, querida mía!
-Si puedo, no lo pensaré, Doady. Pero soy muy feliz, a pesar de que mi querido Doady está tan solo frente a la silla vacía de su «mujer-niña».
Es de noche y sigo con ella; Agnes ha llegado, y ha estado con nosotros toda la mañana y la tarde. Ella, mi tía y yo hemos estado con Dora desde por la mañana. No hemos charlado mucho; pero Dora ha estado muy contenta y alegre. Ahora estamos solos.
Sé que mi mujercita-niña me abandonará muy pronto. Me lo han dicho; no me han contado nada nuevo; lo sabía; pero estoy muy lejos de haber convencido a mi corazón de esta triste verdad. No lo puedo dominar. Me he escondido hoy varias veces para llorar a solas. Me he acordado del que lloraba antes de la separación entre la vida y la muerte. He pensado en toda esta historia de compasión y de gracia. He intentado resignarme y consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva.
-Voy a hablarte, Doady. Te voy a decir una cosa que estaba pensando decirte desde hace mucho tiempo. No te importa, ¿verdad? -me dice con mirada cariñosa.
-¿Importarme, querida mía?
-Porque yo no sé lo que puedes pensar o lo que habrás pensado algunas veces. Quizá hayas pensado muchas veces lo mismo. Doady querido, temo haber sido demasiado chiquilla.
Apoyo mi cabeza junto a la suya, en su almohada. Ella me mira dentro de los ojos y me habla muy suavemente. Poco a poco, mientras sigue hablando, me voy dando cuenta, con el corazón dolorido, de que habla en pasado.
-Temo, querido, haber sido demasiado chiquilla; no quiero decir sólo por los años, sino en experiencia, ideas, en todo. Era una criaturita tan tonta, que quizá habría sido mejor que sólo nos hubiéramos querido como niño y niña que se quieren y se olvidan. He empezado a pensar que no era digna de ser una mujer casada.
Intenté aguantar mis lágrimas para contestarle.
-¡Oh Dora querida mía! ¡Tan digna como yo de ser marido!
-No sé -dice, sacudiendo sus tirabuzones como antiguamente-. Puede ser. Pero si yo hubiera sido mejor, puede que lo hubiese hecho serio a ti también.
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