Casi extinguidos (Alan Barclay) - pág.6
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Harrison, de todos modos, no dio señal alguna de sorpresa, como si esperase
encontrar a alguien allí. Llamó a la figura con el nombre de Jim y ella vio que
Jím era un muchacho de unos doce años.
Vienes con retraso, Pop - indicó el muchacho -. Estábamos ya preocupados.
Tuve que venir por el peor camino - gruñó Harrison -. Traje esta mujer. Los
«Ranas» la perseguían.
El muchacho la miró con interés.
Bueno, Pop, tienes las manos llenas ahora, conforme; pero no sé que pasará
cuando Ma la vea. ¿Cómo te llamas? - preguntó a la joven.
Magdalena - contestó ella.
¿De dónde eres?
De allí abajo, del Sur, donde está el mar.
¿Tienes familia?
Ahora no, la perdí hace dos inviernos.
Entremos - ordenó Harrison -. Tengo tanta hambre que podría comerme un «Rana».
¿Tenéis algo que darnos, Jim?
Seguramente. Cogí una liebre muy grande esta mañana.
* * *
Echaron a andar, rodeando una roca, sé metieron por una abertura natural del
terreno y sé encontraron en una gran cueva. Estaba alumbrada con una luz tenue y
vacilante por varias lámparas colocadas en una especie de nichos en la roca.
Había tres hogueras encendidas y un gran número de figuras, humanas al parecer,
se movían sin cesar de un lado a otro, mientras sus sombras se proyectaban en
las paredes y en el techo.
Después de un momento de confusión, Magdalena pudo ver que en realidad no había
tanta gente.
Vio dos mujeres, una de unos treinta y cinco años v la otra de unos veinte. Esta
última estaba encinta. También había un hombre que parecía viejo, con el cabello
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