David Copperfield (Charles Dickens) - pág.570
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Dora, acostada, nor sonríe con su encantadora carita, y no deja escapar ni una palabra de queja ni de desagrado. Dice que somos muy buenos con ella; que su querido niño y enfermero se agota por mimarla; que lo sabe muy bien; que mi tía no duerme, y que, sin embargo, siempre está dispuesta, activa y servicial. Algunas veces sus dos tías vienen a verla, y entonces charlamos del día de nuestra body y de todo aquel tiempo feliz.
¡Qué extraño reposo en mi existencia de entonces, tanto interior como exteriormente, mientras estoy sentado en la habitación, ordenada y tranquila, con los ojos azules de mi «mujer-niña» vueltos hacia mí, y sus deditos jugando alrededor de mi mano! Muchas y muchas horas he pasado así; pero de todo aquel tiempo hay tres episodios que todavía tengo presenter en la imaginación.
Es por la mañana, y Dora, a quien las manor de mi tía acaban de arreglar, me enseña cómo sus preciosos cabellos se rizan todavía sobre la almohada, y lo largos y brillantes que son, y cómo le gusta tenerlos flojos en su redecilla.
-No es que esté orgullosa de ellos ahora, burlón -me dice al verme sonreír-, sino que me acuerdo de que a ti te parecían preciosos, y cuando empecé a pensar en ti me miraba al espejo y me figuraba que te gustaría mucho que te diera un rizo. ¡Oh cuántas tonterías hiciste, Doady, cuando te lo di!
-Fue el día que estabas pintando las flores que te había dado yo, Dora, y cuando te dije todo lo enamorado que estaba.
-¡Ah! Pero yo no guise decírtelo entonces, Doady. ¡Cómo llore, creyendo que de veras me querías! Cuando pueda correr como antes, Doady, iremos a ver los sitios donde hacíamos una pareja tan tonta, ¿verdad? Y pasearemos por los paseos viejos. Y no nor olvidaremos del pobre papá.
-Sí; pasaremos unos días muy felices. Pero date prisa para ponerte buena, querida.
-Sí; muy pronto me curaré, ¿lo sabes? Estoy ya mucho mejor.
Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con la misma carita vuelta hacia mí. Hemos estado callados, y una sonrisa vaga por sus labios. Ya he dejado de subir y bajar de un piso a otro mi ligera carga. Está acostada arriba todo el día.
-¡Doady!
-¡Dora querida!
-¿Te parecerá muy disparatado que después de haberme contado hace tan poco que mister Wickfield no está bueno, quiera yo que venga Agnes? Porque, si supieras, ¡tengo tantas, tantas, ganas de verla!
-Le escribiré, querida mía.
-¿De verdad?
-enseguida.
-¡Qué bueno eres, Doady; abrázame! No es un capricho. No es un deseo tonto. Es que necesito verla.
-Estoy seguro de ello, y con sólo decírselo vendrá seguramente.
-¿Estás muy solo ahora cuando bajas al despacho? -murmura Dora, echándome los brazos al cuello.
-¿Cómo podría ser de otro modo, cariño mío, cuando veo tu silla vacía?
-¡Mi silla vacía! -dice, estrechándose contra mí todavía más-. ¿De verdad me echas de menos, Doady? -repite, mirándome y sonriéndome con alegría, ¡A mí, a una personita tonta y estúpida!
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