David Copperfield (Charles Dickens) - pág.569
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Piénsenlo bien ahora los dos. David tiene amigos que marcharán dentro de poco a Australia. Si ustedes se deciden a irse, ¿por qué no aprovechar el mismo barco? Podían ayudarse mutuamente. Piénsenlo bien, míster y mistress Micawber; piénsenlo con tiempo.
-Una sola pregunta quisiera hacer, mi querida señora -dijo mistress Micawber-: ¿Es sano el clima?
-Es el mejor clima del mundo -contestó mi tía.
-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Entonces mi pregunta es la siguiente: ¿Son las circunstancias de ese país tales que un hombre como míster Micawber pudiera elevarse en la escala social? No quiero decir que por ahora aspire a ser gobernador o algo por el estilo; pero ¿encontraría él un campo de acción amplio para el desenvolvimiento de sus facultades?
-¡En ningún sitio lo encontraría más amplio! -dijo mi tía-; para un hombre que sabe comportarse y es trabajador.
-«Para un hombre que sabe comportarse y es trabajador» -repitió lentamente mistress Micawber-. Muy bien. Es evidente que Australia es la esfera de acción adecuada a míster Micawber.
-Estoy convencido, mi querida señora -dijo míster Micawber-, que es, en las circunstancias actuales, el único país propio para mí y para mi familia, y que algo extraordinario nos está reservado en esa costa desconocida. No hay distancia, relativamente; y aunque conviene pensar en su proposición, le aseguro que es sólo cuestión de forma.
No olvidaré nunca cómo en un momento se transformó en un hombre temerario, ardiente y lleno de locas esperanzas; y cómo al instante mistress Micawber empezó a hablar de las costumbres del canguro. Jamás pensaré en era cane de Canterbury, en día de feria, sin recordar el aire resuelto con que andaba a nuestro lado, adoptando ya los modales bruscos y despreocupados de un colono de aquellas tierras y mirando a las reses que pastaban como si ya fuera un labrador australiano.
CAPÍTULO XIII
OTRA MIRADA RETROSPECTIVA
Aún me detendré otra vez a mirarte, ¡oh, mi «mujer-niña»! Veo delante de mí, entre el tropel de gentes que se agitan en mi memoria, una figura tranquila y quieta que me dice, con su amor inocente y con su infantil belleza: «Detente a pensar en mí; vuélvete a mirar al "Capullito" que va a marchitarse».
Me vuelvo, y todo lo demás se bona y desaparece. Estoy otra vez con Dora, en nuestra casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado de tal modo a compadecerla, que no puedo calcular el tiempo. No es que hayan pasado muchos mews ni muchas semanas; pero para mí ha sido una época muy triste y muy larga.
Ya no me dicen: «Espera todavía unos cuantos días más». He empezado a temer que puede no llegar a brillar el día en que vuelva a ver a mi mujercita corriendo al sol, con su viejo amigo Jip.
Se ha vuelto muy viejo de repente el pobre Jip. Puede que la eche de menos; tenía algo de su ama, que le animaba, rejuveneciéndole; ya no ve apenas, y se arrastra débilmente.
A mi tía le entristece que no le gruña ya cuando se acerca a la cama de Dora, donde él está tumbado; ahora se acerca, y suavemente le lame las manor.
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