David Copperfield (Charles Dickens) - pág.567
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La humildad vale más que todo eso; es un sistema excelente. Me parece que sin ella no hubiese arrollado tan fácilmente a mi señor socio. ¡Y tú, Micawber, animal, ya me las pagarás!
Míster Micawber le miró con desprecio olímpico hasta que abandonó el cuarto; luego se volvió hacia mí y me propuso darme el gusto de presenciar cómo se volvía a establecer la confianza entre mistress Micawber y él. Después de lo cual invitó al resto de la compañía a que contemplaran un espectáculo tan conmovedor.
-El velo que largo tiempo nos había separado a mistress Micawber y a mí ha caído al fin -dijo míster Micawber-. Mis hijos y el autor de sus días pueden una vez más ponerse en contacto, en los mismos términos de antes.
Como todos le estábamos muy agradecidos y todos deseábamos demostrárselo, tanto como nos lo podía permitir la precipitación y desorden de nuestro espíritu, todos hubiésemos aceptado su ofrecimiento si Agnes no hubiera tenido que volver al lado de su padre, al cual no le habían hecho entrever más que una pequeña esperanza. Hacía falta, además, que alguno se ocupara de hacer guardia a Uriah. Traddles se quedó con esa misión, en la cual lo relevaría míster Dick, y míster Dick, mi tía y yo acompañamos a míster Micawber. Al separarme precipitadamente de mi querida Agnes, a la cual debía tanto, y pensando en los peligros de que la habíamos salvado quizá aquella mañana, a pesar de su resolución, me sentía lleno de agradecimiento hacia las desventuras de mi juventud, que me habían hecho conocer a míster Micawber.
Su casa no estaba lejos, y como la puerta de la sala daba a la calle, entró con su precipitación acostumbrada y enseguida nos encontramos todos en el seno de la familia. Míster Micawber, exclamando: «¡Emma, vida mía!» , se precipitó en los brazos de mistress Micawber. Mistress Micawber lanzó un grito y estrechó a su marido contra su corazón. Miss Micawber, que estaba acunando al inocente extraño, del cual me hablaba mistress Micawber en su última carta, estaba visiblemente emocionada. El pequeñito saltó de alegría. Los mellizos manifestaron su júbilo por varias demostraciones inconvenientes a inocentes. Míster Micawber, cuyo humor parecía agriado por decepciones prematuras, y cuya cara era algo adusta, cediendo a sus mejores sentimientos, lloriqueó.
-Emma -dijo míster Micawber-, la nube que cubría mi alma se ha desvanecido; la confianza mutua que existía entre nosotros vuelve otra vez para no interrumpirse jamás. Ahora, ¡bienvenida seas, miseria! -exclamó míster Micawber derramando lágrimas-. ¡Bienvenidos seáis, pobreza, hambre, harapos, tempestad y mendicidad! ¡La confianza recíproca nos sostendrá hasta el fin!
Hablando de esta manera, míster Micawber hizo sentar a su mujer y abrazó a toda la familia, continuando con entusiasmo la bienvenida a una serie de calamidades que no me parecían muy deseables, y después los invitó a todos a cantar en coro por las calles de Canterbury, ya que no les quedaba otro recurso para vivir.
Pero habiéndose desmayado mistress Micawber por la fuerza de las emociones, lo primero que había que hacer antes de completar el coro era volverla en sí.
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