David Copperfield (Charles Dickens) - pág.566
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-No lo haré -dijo Uriah con un juramento.
-La cárcel de Maidstone es un sitio más seguro de arresto -observó Traddles-, y aunque la ley tardará más en arreglar las cosas y no las arreglará tan completamente como usted puede hacerlo, no hay duda que ha de castigarle a usted. ¡Querido: esto lo sabe usted tan bien como yo! Copperfield, ¿quiere usted ir a Guildhall y traer dos guardias?
Aquí mistress Heep estalló otra vez, y llorando y arrastrándose de rodillas se dirigió a Agnes para rogarle que la ayudara, diciendo que su hijo era muy humilde, y que todo era verdad, y que si no hacía lo que nosotros queríamos lo haría ella, y otras muchas cosas por el estilo. Estaba casi frenética de miedo por su querido hijo. En cuanto a él, al preguntarse lo que hubiese podido hacer si hubiera sido más valiente, sería lo mismo que preguntarse qué podría hacer un perro con la audacia de un tigre. Era un cobarde de pies a cabeza, y en este momento, más que en ningún otro de su vida miserable, mostraba su baja naturaleza por su desesperación y su aspecto sombrío.
-Espere -me gruñó, y se secó con su mano sudorosa-. Madre, cállate; dales ese papel; ve y tráelo.
-¿Quiere usted hacer el favor de ayudarla, míster Dick? -dijo Traddles.
Orgulloso de esta misión, cuya importancia comprendía, míster Dick la acompañó como un perro acompaña al rebaño. Pero mistress Heep le dio algún quehacer, pues no solamente volvió con el papel, sino también con la caja que lo contenía y donde encontramos una libreta y algunos otros papeles que utilizamos más tarde.
-Bien -dijo Traddles cuando lo hubo traído- Ahora, míster Heep, puede usted retirarse a pensar; pero haciendo el favor de observar detenidamente que le declaro, en nombre de todos los presentes, que no hay nada más que una sola cosa que hacer: esto es, lo que he explicado anteriormente, y hay que ejecutarlo sin dilación.
Uriah, sin levantar los ojos del suelo, atravesó bruscamente el cuarto, con su mano puesta en la barbilla; y parándose en la puerta, dijo:
-Copperfield, siempre le he odiado. Ha sido usted siempre un hombre de suerte; siempre ha estado usted contra mí.
-Como ya le dije en otra ocasión -contesté yo-, usted ha sido el que ha estado en contra de todo el mundo, por su astucia y su codicia. En lo sucesivo, piense que no ha habido todavía en el mundo codicia y astucia que no se extralimitasen, aun en contra de sus propios intereses. Esto es tan cierto como la muerte.
-O quizá tan cierto como lo que nos enseñaban en el colegio (en el mismo colegio donde he aprendido a ser tan humilde). De nueve a once nos decían que el trabajo era una lata; de once a una, que era una bendición, un encanto, una dignidad, y qué sé yo cuántas cosas más, ¿eh? -dijo con una mirada de desprecio- Predica usted cosas tan consecuentes como ellos lo hacían.
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