David Copperfield (Charles Dickens) - pág.565
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-No esté usted inquieto -dijo Traddles-; han llegado a mi poder. Tendré cuidado de ellos bajo la autoridad que represento.
-¿Es que admite usted cosas robadas? -gritó Uriah.
-En estas circunstancias, sí - contestó Traddles.
Cuál sería mi asombro cuando vi a mi tía, que había estado muy tranquila y atenta, dar un salto hacia Uriah Heep y agarrarle del cuello con las dos manos.
-¿Sabe usted lo que necesito? -dijo mi tía.
-Una camisa de fuerza -dijo él.
-No; mi fortuna -contestó mi tía-. Agnes, querida mía, mientras he creído que era tu padre el que la había perdido, no he dicho ni una sílaba (ni al mismo Trot) de que la había depositado aquí. Pero ahora que sé que es este individuo el responsable, quiero que me la devuelvan. ¡Trot, ven y quítasela!
No sé si mi tía creía en aquel momento que su fortuna estaba en la corbata de Uriah Heep; pero lo parecía, por el modo como le empujaba. Me apresuré a ponerme entre ellos y a asegurarle que tendríamos cuidado de que devolviera todo lo que había adquirido indebidamente. Esto y unos momentos de reflexión la apaciguaron; pero no estaba nada desconcertada por lo que acababa de hacer (no podría decir otro tanto de su gorro) y volvió a sentarse tranquilamente.
Durante los últimos minutos, mistress Heep había estado vociferando a su hijo que se humillara, y fue arrastrándose sobre las rodillas hacia cada uno de nosotros, haciéndonos las promesas más extravagantes. Su hijo la sentó en la silla, permaneciendo de pie a su lado con aire descontento, sosteniéndole el brazo con su mano, pero sin brutalidad, y me dijo, con una mirada feroz:
-¿Qué quiere usted que se haga?
-Ya le diré yo lo que hay que hacer -dijo Traddles.
-¿Es que no tiene lengua Copperfield? -murmuró Uriah-. Haría cualquier cosa por usted si pudiera usted decirme sin mentir que se la habían cortado.
-Mister Uriah va a humillarse -exclamó su madre-. ¡No hagan ustedes caso de lo que diga, buenos señores!
-Lo que hay que hacer es esto -dijo Traddles-: Primero me va usted a devolver aquí mismo el acta por la cual mister Wickfield le abandonaba sus bienes.
-¿Y si no la tuviere? -interrumpió él.
-La tiene usted -dijo Traddles-; así que no tenemos que hacer esa suposición.
No puedo dejar de decir que esta era la primera ocasión en la cual hice verdadera justicia al entendimiento claro y al sentido común práctico y paciente de mi condiscípulo.
-Así, pues -dijo Traddles-, tiene usted que prepararse a devolver por fuerza todo lo que su rapacidad ha acaparado, hasta el último céntimo. Todos los libros y papeles de la sociedad quedarán en nuestro poder; todos los libros y todos sus documentos; todas las cuentas y recibos de ambas clases; en una palabra, todo lo que hay aquí.
-¿De verdad? No estoy dispuesto a ello -dijo Uriah-. Me hace falta tiempo para pensarlo.
-Sí -dijo Traddles-; pero entre tanto, y hasta que todo se arregle a nuestro gusto, tenemos que apoderarnos de todas estas cosas, y le rogamos (o si es necesario le obligamos) a quedarse en su cuarto, sin comunicarse con nadie.
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