David Copperfield (Charles Dickens) - pág.564
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, en un período en que se había lanzado a especulaciones aventuradas y no podía tener entremanos el dinero de que era moral y legalmente responsable; continuaban con pretendidos préstamos de dinero a interés enorme, efectuados en realidad por Heep, y seguían, por último, con una serie de trampas, siempre crecientes, hasta que míster W creyó que había quebrado su fortuna, sus esperanzas terrestres, su honor, y ya no vio más salvación posible que el monstruo en forma humana que había sabido hacerse el indispensable y le había conducido a la ruina (míster Micawbér gustaba de emplear la expresión «monstruo de figura humana», que le parecía nueva y original). Puedo probar esto y muchas otras cosas más. »
Murmuré unas palabras al oído de Agnes, quien lloraba de gozo y de pena a mi lado, y hubo un movimiento entre nosotros, como si míster Micawber hubiera terminado. Dijo con un tono grave: «Perdónenme ustedes», y siguió, con una mezcla de decaimiento y de intensa alegría, la peroración de su carta:
« Ya he terminado. Ahora sólo me queda demostrar palpablemente estas acusaciones y desaparecer con mi desgraciada familia de este lugar, en el cual parece que estamos de más y somos una carga para todos.
Esto se hará pronto. Podemos figuramos que nuestro hijito será el primero en morirse de inanición, por ser el miembro más frágil de nuestro círculo, y que nuestros mellizos le seguirán. ¡Que así sea! En cuanto a mí, mi estancia en Canterbury ha hecho ya mucho; la prisión por deudas y la miseria harán pronto lo demás.
Confío que el feliz resultado de una investigación larga y laboriosa, ejecutada entre incesantes trabajos y dolorosos temores desde el amanecer hasta el atardecer y durante las sombras de la noche, bajo la mirada vigilante de un individuo que es superfluo llamarle demonio, y las angustias que me causaba la situación de mis infortunados herederos, derramará sobre mi fúnebre hogar unas gotas de misericordia. Que me hagan únicamente justicia y que digan de mí, como de ese eminente héroe naval, al cual no tengo la pretensión de compararme, que lo que he hecho lo he hecho a despecho de intereses egoístas y mercenarios. Por Inglaterra, por el hogar y por la Belleza. Queda suyo afectísimo, etc.,
Muy afectado, pero con una viva satisfacción, mister Micawber dobló su carta y se la entregó a mi tía con un saludo, como si fuera un documento que le agradase guardar.
Había allí, como ya lo había notado en mi primera visita, una caja de caudales, de hierro. Tenía la have puesta. De repente, una sospecha pareció apoderarse de Uriah; echó una mirada sobre mister Micawber, se abalanzó a la caja y abrió con estrépito las puertas. Estaba vacía.
-¿Dónde están los libros? -gritó con una expresión espantosa-. ¡Algún ladrón ha robado los libros!
Mister Micawber se dio un golpecito con la regla.
-Yo he sido. Me ha entregado la llave como de costumbre, un poco más temprano que otras veces, y la he abierto.
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