David Copperfield (Charles Dickens) - pág.560
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Su enemigo, murmurando para sí, después de frotarse la mano dolorida, sacó lentamente el pañuelo y se la vendó; luego la apoyó en la otra mano y se sentó encima de la mesa, con aire taciturno y mirando al suelo.
Cuando míster Micawber se apaciguó lo suficiente prosiguió la lectura de la carta:
«Los honorarios, en consideración de los cuales entré al servicio de Heep -continuó, parándose siempre antes de esta palabra para proferirla con más vigor-, no habían sido fijados, aparte del jornal de veintidós chelines y seis peniques por semana. El resto fue dejado al contingente de mis facultades profesionales o, dicho de otra manera más expresiva, a la bajeza de mi naturaleza, a los apetitos de mis deseos, a la pobreza de mi familia, y, en general, al parecido moral o, mejor dicho, inmoral entre Heep y yo. No necesito decir que pronto me fue necesario solicitar de Heep adelantos pecuniarios para ayudar a las necesidades de mistress Micawber y de nuestra desdichada y creciente familia. ¿Debo decir que esas necesidades habían sido previstas por Heep? ¿Que esos adelantos eran asegurados por letras y otros reconocimientos semejantes, dadas las instituciones legales de este país? ¿Y que de ese modo me cogió en la telaraña que había tejido para mi admisión?»
La satisfacción que sentía míster Micawber por sus facultades epistolares al describir este estado de cosas desagradables parecía aligerar la tristeza y ansiedad que la realidad le causaba. Continuó leyendo:
«Entonces fue cuando Heep empezó a favorecerme con las confidencias necesarias para que le ayudara en las combinaciones infernales. Entonces fue cuando empecé (para expresarme como Shakespeare) a decaer, a languidecer y desfallecer. Me utilizaba constantemente para cooperar en falsificaciones de negocios y para engañar a un individuo, al cual le designaré como míster W. Se le engañaba por todos los medios imaginables. Entre tanto, el ladrón de Heep demostraba una amistad y gratitud infinitas al engañado caballero. Esto estaba bastante mal; pero, como observa el filósofo danés, con esa universal oportunidad que distingue el ilustre ornato de la Era de Elisabeth, « lo malo siempre queda atrás».
Míster Micawber se quedó tan entusiasmado con aquella cita feliz, que, bajo pretexto de haberse perdido, se obsequió y nos obsequió con una segunda lectura del párrafo:
« No es mi intención -continuó leyendo- el entrar en una lista detallada en la presente epístola (aunque ya está anotado en otro lugar) de los diferentes fraudes de menor cuantía que afectan al individuo a quien he designado con el nombre de míster W. y que he consentido tácitamente. Mi objetivo cuando dejé de discutir conmigo mismo la dolorosa alternativa en que me encontraba de aceptar o no sus honorarios, de comer o morirme, de vivir o dejar de existir, fue aprovecharme de toda oportunidad para descubrir y exponer todas las fechorías cometidas por Heep en detrimento de ese desgraciado señor. Estimulado por una silenciosa voz interior y por la no menos conmovedora voz exterior que nombraré como miss W.
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