David Copperfield (Charles Dickens) - pág.559
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¿Por qué no le hace usted hablar? Por lo que veo, se sabe la lección de memoria.
Viendo que lo que decía no me causaba ningún efecto, ni a ninguno de nosotros, se sentó en el borde de la mesa, con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas, y esperó con expresión resuelta los acontecimientos.
Míster Micawber, cuyo ímpetu me costó trabajo dominar, y que ya había varias veces pronunciado la primera sílaba de la palabra « bribón» , sin que yo se la dejase terminar, estalló al fin, sacó del chaleco la larga regla (probablemente destinada a servirle de arma defensiva) y del bolsillo un documento voluminoso, plegado en forma de carta. Abrió aquel paquete con expresión dramática, lo contempló con admiración, como si estuviese encantado de su talento de autor, y empezó a leer lo que sigue:
«Querida miss Trotwood y señores: »
-¡Válgame Dios! -exclamó mi tía en voz baja- Si se tratara de un recurso en gracia por un crimen capital gastaría toda una resma de papel en su petición.
Míster Micawber, sin oírla, continuó:
«Aparezco ante ustedes para denunciar al mayor sinvergüenza que ha existido -míster Micawber, sin levantar la vista de la carta, apuntó con la regla, como si fuese la cachiporra de un aparecido, a Uriah Heep-, y les pido consideraciones para mí. Víctima desde mi cuna de deficiencias pecuniarias, a las cuales me ha sido imposible responder siempre, he sido el juguete de las más tristes circunstancias. Ignominia, desesperación y locura han sido, juntas o por separado, las compañeras de mi triste vida.»
La satisfacción con que míster Micawber se describía a sí mismo como una presa de aquellas viles calumnias se podrá únicamente igualar con el énfasis con que leía su carta y la clase de homenaje que le rendía con un movimiento de cabeza cuando creía llegar a una frase enérgica.
« En una acumulación de ignominia, miseria, desesperación y locura, entré en esta oficina (o, como dirían nuestros vecinos los galos, en este bureau), cuya firma nominal es Wickfield y Heep; pero, en realidad, dirigida por Heep únicamente. Heep y solamente Heep es el gran resorte de esta máquina. Heep y solamente Heep es el falsificador y el chantajista.»
Uriah, más azul que blanco a estas palabras, se abalanzó sobre la carta como para hacerla pedazos. Míster Micawber, por un milagro de destreza o de suerte, cogió al vuelo sus dedos con la regla y le inutilizó la mano derecha. Él se agarró el puño como si se lo hubieran roto. El golpe sonó como si hubiera caído sobre madera.
-¡Que el diablo lo lleve! -dijo Uriah retorciéndose de dolor-. ¡Ya me las pagarás!
-Intente usted acercarse otra vez... infame Heep -exclamó míster Micawber-, y si su cabeza es humana, la hago astillas. ¡Acérquese! ¡Acérquese!
Creo que nunca he visto cosa más ridícula (me daba perfecta cuenta aun entonces) que míster Micawber haciendo molinetes con la regla y gritando «¡acérquese!», mientras que Traddles y yo le empujábamos a un rincón, de donde trataba de salir en cuanto podía, haciendo unos esfuerzos sobrehumanos.
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