David Copperfield (Charles Dickens) - pág.558
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¡Bonito modo de comportarse en casa extraña!
-Míster Heep, está aquí -dijo Traddles volviendo con la digna madre de tan digno hijo- Me he tomado la libertad de presentarme a ella yo mismo.
-¿Y quién es usted para presentarse? -preguntó Uriah-. ¿Qué es lo que quiere usted aquí?
-Soy el agente y amigo de míster Wickfield, caballero -dijo Traddles con tono tranquilo, como de hombre de negocios-, y tengo en mi bolsillo plenos poderes para actuar como procurador en su nombre en cualquier circunstancia.
-Ese viejo asno habrá bebido hasta perder el sentido -dijo Uriah, que cada vez iba poniéndose más feo-, y le habrán sonsacado ese acta por medios fraudulentos.
-Ya sabemos que le han sonsacado bastantes cosas por medios fraudulentos -contestó Traddles tranquilamente-. Y usted también lo sabe, míster Heep. Pero si usted quiere vamos a dejar este asunto para que lo trate míster Micawber.
-¡Ury! -empezó mistress Heep con inquietud.
-Detén tu lengua, madre; contestó él: «cuanto menos se habla, menos se yerra».
-¡Pero Ury!
-¿Quieres callarte, madre? ¡Déjame hablar!
A pesar de que sabía desde hace mucho que su servilismo era falso y que todo en él era mentira y simulación, no tenía ni idea de su hipocresía hasta que vi cómo se quitaba la careta. La rapidez con que se desprendió de ella cuando vio que era inútil; la malicia, la insolencia y el rencor que demostró; el placer que experimentaba aún en aquel momento por el daño cometido, me llenó de sorpresa a pesar de que por intuición creía ya detestarlo. No digo nada de la mirada que me lanzó mientras estaba de pie, mirándonos a unos después de otros, pues hacía tiempo que sabía que me odiaba y me acordaba de las marcas que mi mano le dejaron en la cara. Pero cuando sus ojos se fijaron en Agnes tenían una expresión de rabia que me hizo temblar; se veía que sentía cómo se le escapaba: ya no podía satisfacer su odiosa pasión, que le había hecho esperar el poseer una mujer cuyas virtudes era incapaz de apreciar. ¿Cómo podía ser posible que ella hubiera vivido ni una hora en compañía de semejante hombre?
Después de rascarse la barbilla y de miramos, con los ojos llenos de odio, a través de sus flacos dedos, se volvió hacia mí y me dijo en tono medio burlón, medio insolente:
-¿Le parece a usted bonito, míster Copperfield, usted, que siempre ha estado orgulloso de su honor y de todo lo demás, el venir a espiarme y sobornar a mi empleado? Si hubiera sido yo, no tendría nada de extraño, porque no me tildo de caballero (aunque nunca he vagado por las calles, como usted lo hacía, según cuenta Micawber); pero siendo usted, ¿no le da vergüenza hacerlo? ¿No supone usted lo que yo puedo hacer a cambio? Hacerle perseguir por complot, etcétera, etcétera. Muy bien. Ya veremos. Y usted, caballero, no sé cómo iba usted a hacer unas preguntas a Micawber. Aquí tiene a su interlocutor.
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