David Copperfield (Charles Dickens) - pág.557
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Entre tanto, míster Micawber hizo una seña discreta a Traddles, al cual no le observaba nadie más que yo, y salió.
-No tiene usted necesidad de esperar -dijo Uriah.
Míster Micawber, con la mano puesta sobre la regla, seguía de pie delante de la puerta, contemplando a uno de los que estábamos allí; y ese individuo era, sin duda alguna, su patrón.
-¿Qué aguarda usted? -dijo Uriah-. Micawber, ¿no me ha oído usted decirle que se marche?
-Sí -dijo míster Micawber sin moverse.
-Entonces, ¿por qué espera usted? -dijo Uriah.
-Porque... me da la gana -contestó en un estallido míster Micawber.
Las mejillas de Uriah perdieron el color, sólo sus párpados estaban enrojecidos. Miró atentamente a míster Micawber, con la respiración entrecortada.
-No es usted más que un hombre intratable, como todo el mundo sabe -dijo con una sonrisa forzada-, y me temo que me obligue a que le despache. Salga usted. Luego hablaremos.
-Si hay en el mundo algún bribón -dijo míster Micawber estallando con la mayor vehemencia- con el cual he hablado ya demasiado, ese bribón es... Heep...
Uriah se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe. Mirándonos lentamente, con la expresión más sombría y malvada que su cara podía expresar, dijo en voz baja:
-¡Oh! ¡Esto es una conspiración! Se han citado ustedes aquí. Se entienden ustedes con mi empleado, ¿no es cierto, Copperfield? Pero tengan ustedes cuidado, porque no les ha de salir bien. Ya nos conocemos ustedes y yo. No existe cariño entre nosotros. Desde que vino usted aquí no ha sido más que un intrigante, y ahora envidia usted mi posición; pero les advierto que no conspiren contra mí, porque yo sabré defenderme. Micawber, salga usted. Le hablaré en seguida.
-Míster Micawber -dije yo-, se ha efectuado un cambio rápido en este individuo en algunos aspectos; entre otros el muy extraordinario de decir la verdad sobre un punto, lo cual me demuestra que se halla rodeado de enemigos. ¡Trátele como se merece!
-Son ustedes gente muy amable -dijo Uriah, siempre en el mismo tono, secándose con su mano flaca y larga unas gotas de sudor que resbalaban por su frente- que viene a comprar a un empleado, la verdadera escoria de la sociedad (como usted mismo lo era, Copperfield, antes de que nadie tuviera compasión de usted) y a pagarle para que me calumnie. Miss Trotwood, mejor haría usted interrumpiendo esto antes de que haga yo detener a su marido, que sería en menos tiempo del que usted desea. ¡Para algo me he enterado de su historia privada, mi buena señora! Y usted, miss Wickfield, si tiene algún cariño a su padre, mejor haría no uniéndose con esta gentuza, si no quiere usted que lo arruine. Y ahora venga. Le tengo a usted bajo mis garras, Micawber; piénselo usted bien antes de obrar, si no quiere que le aplaste. Le recomiendo que se aleje mientras pueda. Pero, ¿dónde está mi madre? -dijo de repente, notando con alarma la ausencia de Traddles y tirando con fuerza de la campanilla-.
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