David Copperfield (Charles Dickens) - pág.556
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Inmediatamente después se puso tan humilde y servil como siempre.
-¡Realmente -dijo- es un placer inesperado, una suerte, tener tantos amigos a un tiempo alrededor de uno!.. Míster Copperfield, espero que esté usted bien... Y, si humildemente puedo expresarme así, ¿seguirá siendo tan amable con sus amigos? mistress Copperfield, espero que siga mejorando... Le aseguro que hemos estado muy inquietos por las malas noticias que hemos tenido de su salud.
Me sentía avergonzado dejándole estrechar mi mano; pero no sabía qué hacer.
-Las cosas han variado mucho, miss Trotwood, desde que yo no era más que un humilde empleado y cuidaba de su poney, ¿no le parece? -dijo Uriah con su sonrisa enfermiza-. Pero yo no he cambiado, miss Trotwood.
-A decir verdad, caballero -contestó mi tía-, y si puede ser una satisfacción para usted, encuentro que ha cumplido usted todo lo que prometía en su juventud.
-Gracias por su buena opinión, miss Trotwood -dijo Uriah con sus artificiosas y burdas maneras de costumbre-. Micawber, avise usted a miss Agnes y a mi madre. Mi madre estará encantada de verlos a todos ustedes -dijo Uriah ofreciéndonos sillas.
-¿No está usted ocupado, míster Heep? -dijo Traddles, cuyos ojos encontraron su mirada astuta, que nos examinaba.
-No, míster Traddles -replicó Uriah volviendo a ocupar su asiento oficial, apretando la una contra la otra sus huesudas manos entre sus huesudas rodillas-. No tanto corno yo quisiera, pues jueces tiburones y sanguijuelas no se conforman fácilmente, ¿sabe usted? Esto no quiere decir que míster Micawber y yo no tengamos que hacer suficiente, pues míster Wickfield apenas si puede ocuparse ya de ningún trabajo. Pero es para nosotros un gusto, así como un deber, el trabajar para él. ¿No ha tratado usted a míster Wickfield, creo, míster Traddles? Me parece que yo mismo sólo he tenido el honor de verle a usted una vez.
-No; no he tratado íntimamente a míster Wickfield-contestó Traddles-; de ser así quizá hubiese tenido ocasión de visitarle a usted hace ya tiempo, míster Heep.
Había algo en el tono de esta contestación que hizo a Uriah mirar al que hablaba con una expresión siniestra y suspicaz; pero viendo la cara bonachona de Traddles, sus modales sencillos, y sus cabellos erizados, siguió hablando con una sacudida en todo su cuerpo, pero especialmente en su garganta.
-Lo siento mucho, míster Traddles. Le hubiese usted admirado tanto como le admiramos todos; sus pequeños defectos habrían servido para que le apreciara más. Pero si quiere usted oír el elogio de mi asociado, diríjase a Copperfield. Está muy enterado de todo lo concerniente a esta familia, si es que todavía no le ha oído nunca.
No tuve tiempo de declinar el elogio (aun cuando hubiera estado dispuesto a hacerlo) porque Agnes entraba en aquel momento, escudada por míster Micawber. Me pareció que no estaba tan tranquila como de costumbre; era evidente que había pasado mucha ansiedad y fatiga; pero esto hacía resaltar más su serena belleza y su brillante amabilidad.
Vi que Uriah la observaba mientras nos saludaba, y me pareció un espíritu maligno acechando a un hada buena.
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