David Copperfield (Charles Dickens) - pág.555
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-Extremadamente -dijo Traddles.
-Quizá en esas circunstancias, señora y señores -dijo míster Micawber-, me harán ustedes el favor de someterse por un momento a la dirección de un hombre que, aunque indigno de considerarse de otra manera que como una frágil barca naufragada sobre la playa de la vida humana, es todavía un hombre como ustedes, aunque aplastado por errores individuales y por una total combinación de circunstancias que le han obligado a cambiar su forma primitiva.
-Tenemos plena confianza en usted, míster Micawber -dije yo-, y haremos lo que usted quiera.
-Míster Copperfield -contestó míster Micawber-, no está, por ahora, mal colocada su confianza. Les ruego me permitan adelantarme cinco minutos, y luego recibiré a todos los presentes, que deben preguntar por miss Wickfield, en la oficina de Wickfield-Heep, de la cual soy empleado.
Mi tía y yo miramos a Traddles, que hacía una señal de asentimiento.
-No tengo nada más que decir por ahora -añadió míster Micawber.
Y, con gran sorpresa mía, nos saludó a todos ceremoniosamente y desapareció. Sus modales eran muy extraños y su cara estaba extraordinariamente pálida. Traddles fue el único que sonrió, moviendo la cabeza, con su pelo más tieso que nunca, al mirarle yo pidiéndole una explicación; como último recurso saqué mi reloj y estuve contando cinco minutos. Mi tía, con su reloj en mano, hizo lo propio. Cuando transcurrió el tiempo fijado, Traddles le dio el brazo, y nos dirigimos todos juntos a la vieja mansión, sin decir una sola palabra por el camino.
Encontramos a míster Micawber en el pupitre de su despacho, en la planta baja de la torre, escribiendo, o haciendo como que escribía, con la mayor actividad. La larga regla de oficinista atravesaba su chaleco, y no muy bien disimulada, pues un palmo o más del instrumento se dejaba ver como una nueva especie de chorrera.
Como me pareció que yo era el que debía hablar, dije en voz alta:
-¿Cómo está usted, míster Micawber?
-Míster Copperfield -dijo míster Micawber gravemente-, ¿supongo que se encuentra usted bien?
-¿Está miss Wickfield en casa? -dije yo.
-Míster Wickfield está en la cama, algo indispuesto, con una fiebre reumática -contestó él-; pero estoy seguro de que miss Wickfield se alegrará mucho de ver a sus antiguos amigos. ¿Quieren ustedes pasar, señores?
Nos precedió al comedor (la primera habitación que había pisado cuando entré por primera vez en aquella casa), y empujando la puerta de lo que antes era el despacho de míster Wickfield, dijo con voz sonora:
-¡Miss Trotwood, míster David Copperfield, míster Thomas Traddles y míster Dixon!
No había visto a Uriah Heep desde el día en que le pegué. Evidentemente nuestra visita le chocaba casi tanto como nos extrañaba a nosotros mismos. No frunció el entrecejo, porque no tenía cejas; pero nos miró con tal ceño, que parecía que tenía los ojos cerrados, mientras la precipitación con que llevaba su mano cartilaginosa a la barbilla mostraba miedo y sorpresa. Esto fue cosa de un segundo, en el momento de entrar en su cuarto, cuando le vislumbré por encima del hombro de mi tía.
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