David Copperfield (Charles Dickens) - pág.554
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Miré la vieja casa desde la esquina de la calle sin atreverme a acercarme, por no perjudicar involuntariamente, si acaso era observado, el motivo por el que había venido. El sol de la mañana doraba con sus rayos el tejado y las ventanas, y sus resplandores conmovían mi corazón.
Me paseé por los contornos durante una hora o dos, y regresé por la calle principal, que en el intervalo había sacudido su último sueño. Entre los que abrían las tiendas vi a mi antiguo enemigo, el carnicero, que ahora parecía un personaje importante, meciendo a un niño.
Al sentarnos a desayunar estábamos todos muy inquietos e impacientes. A medida que se acercaban las nueve y media, nuestra agitación esperando a míster Micawber iba creciendo. Al fin, sin hacer caso del desayuno, el cual, excepto para míster Dick, había sido desde el primer momento una pura fórmula, mi tía empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación. Traddles se sentó en un sofá, haciendo como que leía el periódico, pero con los ojos fijos en el techo; y yo miraba por la ventana para avisar la llegada de míster Micawber. No tuve que esperar mucho, pues a la primera campanada de la media apareció en la calle.
-¡Aquí está! -dije- ¡Y no trae su traje negro!
Mi tía se ató las cintas de su cofia (había bajado a desayunar con ella) y se puso su chal, como preparándose para cualquier asunto que requiriese toda su energía. Traddles se abrochó con resolución la chaqueta. Míster Dick, aturdido con aquellos formidables preparativos, pero juzgando necesario imitarlos, se encasquetó el sombrero hasta las orejas, con las dos manos, con toda la energía que pudo, a instantáneamente se lo volvió a quitar para saludar a míster Micawber.
-Señores y señora -dijo míster Micawber-, ¡buenos días! Mi querido señor -dijo a míster Dick, que le estrechaba la mano violentamente-, es usted extraordinariamente amable.
-¿,Ha desayunado usted? -dijo míster Dick-. Tome usted algo.
-Por nada del mundo, amigo mío -exclamó míster Micawber impidiéndole que tocara el timbre-; el apetito y yo, míster Dixon, hace tiempo que somos extraños el uno al otro.
Míster Dixon estaba tan contento con su nuevo nombre, y le parecía tan amable que míster Micawber se lo hubiera dado, que volvió a estrecharle la mano y a reírse como un chiquillo.
-Dick -dijo mi tía-, ten cuidado.
Dick se recobró enrojeciendo.
-Ahora, caballero -dijo mi tía a míster Micawber, mientras se ponía los guantes-, estamos dispuestos para ir al Vesubio o a cualquier otro sitio en cuanto usted guste.
-Señora -contestó míster Micawber-, creo que efectivamente asistirá usted pronto a una explosión. Míster Traddles, creo que tengo su permiso para mencionar aquí que usted y yo hemos tenido algunas confidencias.
-Es indudablemente un hecho, Copperfield -dijo Traddles, al cual yo miraba sorprendido- Míster Micawber me ha consultado sobre lo que pensaba hacer, y yo le he dado mi opinión lo mejor que he podido.
-A menos de equivocarme, míster Traddles -siguió diciendo míster Micawber-, lo que tengo intención de descubrir es muy importante.
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