David Copperfield (Charles Dickens) - pág.553
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Me pondré insoportable, y Jip lo mismo. Y si no se va, no la dejaré un momento tranquila, para que le pese el no haberse marchado. Además -dijo Dora echándose el pelo hacia atrás y mirándonos con inquietud-, ¿por qué no han de ir ustedes? ¿Es que estoy muy enferma? ¿Verdad?
-¡ Vaya una pregunta! -exclamó mi tía.
-¡Qué idea! -dije yo.
-Sí; ya sé que soy una tontuela -dijo Dora mirándonos fijamente a uno y a otro y ofreciéndonos sus labios para que la besáramos, mientras se tendía en la cama-. Bueno; si es así, tenéis que marcharos los dos, y si no, no les creeré, y eso me hará llorar.
Vi en la expresión de mi tía que empezaba a ceder, y Dora también lo vio y se puso muy contenta.
-Volverán con tantas cosas que contarme, que me hará falta lo menos una semana para comprenderlas -dijo Dora-. Porque ya sé que no lo entenderé en mucho tiempo si hay negocios en ello. Y seguramente habrá algún negocio. Y si además hay algo que sumar, no sé cómo me las voy a arreglar; y este malo estará todo el tiempo fastidiando. Así, pues, se marcharán ustedes, ¿verdad? No estarán fuera más que una noche, y entre tanto Jip me cuidará. Doady me subirá antes de que se marchen, y no bajaré hasta que vuelvan. Llevarán a Agnes una carta mía llena de reproches porque no viene a vernos.
Sin más comentarios decidimos que nos marcharíamos los dos y que Dora era una impostora infantil que fingía estar muy mala para que la mimasen. Estaba muy contenta, y mi tía, míster Dick, Traddles y yo nos fuimos aquella noche a Canterbury, en la diligencia de Dover.
En el hotel en que míster Micawber nos rogó que le esperásemos, y al que llegamos a media noche, después de algunas molestias; encontré una carta suya diciéndome que aparecería a la mañana siguiente, a las nueve y media en punto. Después de eso fuimos todos, tiritando, a esa hora intempestiva, a acostarnos en nuestras respectivas camas, pasando a través de estrechos pasillos que olían como si durante años enteros hubieran estado metidos en una disolución de sopa y estiércol.
A la mañana siguiente, muy temprano, vagaba yo por aquellas viejas calles tranquilas, confundido otra vez con las sombras de los claustros venerables y de las iglesias. Los cuervos seguían planeando sobre las torres de la catedral, y las torres mismas, que dominaban toda la rica región de los contornos, con sus graciosos arroyos, parecían hendir el aire matinal como si nada hubiera cambiado en la tierra. Sin embargo, las campanas al sonar me decían tristemente el cambio de todas las cows de este mundo, y me recordaban su propia vejez y la juventud de mi querida Dora; me contaban la vida de todos los que habían pasado cerca de ellas, que jamás envejecieron, que vivieron, amaron, murieron mientras que el sonido plañidero resonaba en la armadura enmohecida del Príncipe Negro, para perderse después en el espacio, como un círculo que se forma y desaparece en la superficie de las aguas.
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