David Copperfield (Charles Dickens) - pág.552
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Sé labrar, Daniel, puedo trabajar; puedo vivir una vida penosa, y puedo ser cariñosa y paciente más de lo que te figuras, Daniel. Si quisieras probar. No tocaré tu renta aunque me esté muriendo de necesidad, Daniel Peggotty; pero iré contigo y con Emily aunque me llevéis al fin del mundo. Sé muy bien lo que es. Sé que pensáis que soy tacituma y gruñona; pero, querido mío, ya no soy como antes. No en balde he estado aquí pensando y meditando en vuestras desgracias. Señorito Davy, ¡háblele usted por mí! Conozco sus costumbres y las de Emily, y sé sus penas, y podré consolarlos algunas veces y trabajar siempre por ellos. Daniel, querido Daniel, ¡déjame it contigo!
Y mistress Gudmige cogía su mano y la besaba con una familiaridad cariñosa y afectuosa, en un arrebato de devoción y gratitud que bien se lo merecía.
Sacamos el cofre, apagamos la vela, cerrarnos por fuera la puerta y abandonamos el barco, que quedó como un espectro negro en la noche tormentosa. Al día siguiente, cuando volvíamos a Londres en la baca de la diligencia, mistress Gudmige y su cesta estaban instaladas en el asiento trasero, y mistress Gudmige se sentía tan dichosa...
CAPÍTULO XII
ASISTO A UNA EXPLOSION
Cuando llegó la víspera del día para el cual míster Micawber nos había dado una cita tan misteriosa, consultamos mi tía y yo la manera de proceder, pues mi tía no tenía ganas de separarse de Dora. ¡Oh con qué facilidad transportaba ya a Dora en mis brazos de un lado a otro!
A pesar del deseo expresado por míster Micawber, estábamos decididos a que mi tía se quedara en casa y que le representara míster Dick. En una palabra, lo teníamos ya decidido así, cuando Dora nos lo trastornó de nuevo, declarando que nunca se perdonaría a sí misma ni a la mala persona de su marido, si mi tía, bajo cualquier pretexto, se quedaba allí.
-No le dirigiré la palabra -dijo Dora a mi tía sacudiendo los rizos-. Estaré insoportable. Haré que Jip le esté ladrando todo el día. Si no va usted, me convenceré de que es una vieja gruñona.
-¡Bah, bah, Capullito! -dijo mi tía riéndose-. ¡Ya sabes que no puedes hacer nada sin mí!..
-Sí que puedo -contestó Dora-. Y no me hace usted ninguna falta. Durante todo el día no sube ni baja una vez por verme. Nunca se sienta a mi lado, ni me cuenta cuentos de Doady, de cómo tenía los zapatos rotos y cómo estaba cubierto de polvo el pobrecito. Nunca hace usted nada por darme gusto, ¿verdad?
Dora se apresuró a besar a mi tía, y dijo:
-Sí, sí que lo hace; lo digo en broma. (Por temor de que mi tía tomara la cosa en serio.)
-Pero, tía -continuó Dora en tono mimoso-, escúcheme usted bien. Tiene usted que ir; le atormentaré hasta que haga lo que yo quiero, y le haré pasar muy malos ratos a ese chico si no la convence.
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