David Copperfield (Charles Dickens) - pág.551
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La puerta de la casa-barco estaba abierta cuando me acerqué, y al entrar la encontré vacía de mobiliario, salvo un viejo cofre sobre el que estaba sentada mistress Gudmige, con una cesta en las rodillas y mirando a míster Peggotty. Este apoyaba un codo en la chimenea, mirando algunas brasas mortecinas; pero levantó la cabeza al entrar yo y habló de un modo jovial.
-¡Ah! ¿Viene usted a despedimos, como prometió? -dijo levantando la vela-. Está esto muy desnudo, ¿verdad?
-Efectivamente, han aprovechado ustedes el tiempo -respondí.
-Sí; no hemos estado ociosos. Mistress Gudmige ha trabajado como un... no sé como quién ha trabajado mistress Gudmige -dijo míster Peggotty mirándola, sin haber podido encontrar un símil satisfactorio.
Mistress Gudmige, inclinada sobre su cesta, no hizo ninguna observación.
-Ahí tiene usted el mismo cofre sobre el que se sentaba usted al lado de Emily -dijo míster Peggotty en un murmullo-. Lo voy a llevar conmigo a última hora; y ahí está su cuartito, señorito Davy, tan vacío que no puede estar más.
El viento, aunque flojo, sonaba solemnemente, rodeando la casa desierta de un murmullo de tristeza.
Todo había desaparecido, incluso el espejito con marco de conchas. Me acordé de cuando me acosté allí mientras se hizo el primer cambio grande en mi casa. Pensé en la criatura de ojos azules que me había encantado. Pensé en Steerforth, y una loca y deliciosa ilusión me hizo creer que estaba allí mismo y que se le podría encontrar en cuanto quisiera,
-Pasará tiempo -dijo míster Peggotty en voz baja hasta que el barco tenga nuevos inquilinos. Lo miran como cosa maldita.
-¿Pertenece a alguien de la vecindad? -pregunté.
-A un constructor de mástiles del pueblo -dijo míster Peggotty-. Voy a darle la llave esta noche.
Miramos en el otro cuartito y volvimos al lado de mistress Gudmige, que continuaba sentada en el cofre. Míster Peggotty puso la luz en la chimenea y le rogó que se levantara para sacar el cofre antes de que se apagara la vela.
-Daniel -dijo de repente mistress Gudmige, dejando el cesto y colgándose de su brazo-, mi querido Daniel, las palabras de despedida que se me ocurren es que no quiero separarme de vosotros. No me dejéis aquí. ¡Por Dios, no me dejéis!
Míster Peggotty, asustado, miraba a mistress Gudmige, y luego a mí, y después de mí a mistress Gudmige, como si despertase de un sueño.
-No me dejéis, querido Daniel, no me dejéis -repetía mistress Gudmige con fervor-. Llévame contigo, Daniel, llévame con Emily. Seré vuestra criada fiel y leal. Si hay esclavos en la tierra donde vais, seré yo una de vuestras esclavas, y muy dichosa de serlo; pero no me dejéis, Daniel, por favor.
-Amiga mía -dijo míster Peggotty moviendo la cabeza-, no sabe usted lo largo que es el viaje y lo penosa que será allí la vida.
-Sí, ya lo sé, Daniel, me lo figuro -gritaba mistress Gudmige-; pero mis últimas palabras bajo este techo son que me volveré a esta casa y aquí me moriré si no me lleváis con vosotros.
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