David Copperfield (Charles Dickens) - pág.550
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-Quizá sea demasiado doloroso para ella -dije.
-Ya lo había pensado -añadió-; es probable, sí, señor; es probable.
-Pero, Ham -le dije dulcemente-, si hay algo que yo pueda escribirle de tu parte, en el caso de que no se lo pueda decir; si hay algo que quieras hacerle saber, lo consideraré como un deber sagrado.
-Lo sé, y se lo agradezco muchísimo. En efecto, hay algo que yo quisiera que le dijeran o le escribieran.
-¿Qué es?
Anduvimos un rato en silencio y continuó:
-No se trata de decirle que la perdono; de eso no hay por qué hablar. Lo que quiero es pedirle que me perdone a mí por haberle impuesto mi cariño. Muchas veces pienso que si no me hubiera prometido su mano hubiese tenido la bastante confianza, por amistad, para contarme lo que luchaba interiormente, y me habría consultado, y quizá hubiese podido salvarla.
Le estreché la mano.
-¿Es eso todo?
-Aún hay algo -añadió-, si es que puedo decirlo.
Seguimos andando un poco antes de que volviera a hablar.
No es que llorase durante las pausas, que expresaré por puntos. Solamente se concentraba en sí mismo para hablar con mayor sencillez.
-La amaba (y amo su memoria) muy profundamente para hacerle creer que soy dichoso... Yo no podría ser dichoso más que olvidándola, y no creo que pueda soportar que le dijeran semejante cosa. Pero si usted que es tan discreto, señorito Davy, pudiera pensar algo para hacerla creer que no estoy enfadado... que la sigo queriendo... y que la compadezco...; algo para hacerla creer que no estoy hastiado de mi vida... y que, por el contrario, espero verla un día, sin reproches, allí donde los malos dejan descansar a los buenos y se encuentra el reposo... Algo que pudiera tranquilizar su pena sin hacerla creer que yo pueda llegar nunca a casarme, ni que otra pueda ocupar jamás el lugar que ella ocupaba... Yo le pediría... le dijese que no dejo de rogar por ella, que tan querida me era...
Estreché de nuevo su mano de hombre y le dije que me encargaba de hacer lo mejor posible o que él quería.
-Muchas gracias, señorito -respondió-. Ha sido muy amable por su parte al venir a buscarme, como también al acompañar a mi tío hasta aquí. Señorito Davy, sé muy bien que no le volveré a ver, aunque mi tía quiere it a Londres, antes de que partan, para despedirlos. Estoy seguro; no lo decimos, pero así sera, y más vale que así sea. Cuando la vea por última vez (la última), ¿querrá darle las gracias del huérfano para el que fue más que un padre?
También le prometí cumplir esto fielmente.
-Muchas gracias una vez más -dijo, dándome cordialmente la mano-; ya sé dónde va usted. ¡Adiós!
Agitando las manos, como para explicarme que no podía entrar en aquel sitio, dio media vuelta.
Al seguirle con la vista, cruzando aquel desierto a la luz de la luna, le vi volver la cara hacia una faja de luz plateada, que brillaba en el mar, y pasar mirándola hasta que no fue más que una sombra en la distancia.
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