Los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.451
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¿Qué mucho que Periandro no sea tu hermano, y qué mucho que tú seas su ligítima esposa? ¿Y qué mucho, otra vez, que con honesto y casto decoro os hayáis mostrado hasta aquí limpísimos al cielo y honestísimos a los ojos de los que os han visto? No todos los amores son precipitados ni atrevidos, ni todos los amantes han puesto la mira de su gusto en gozar a sus amadas, sino con las potencias de su alma; y, siendo esto así, señora mía, otra vez te suplico nos digas quién eres y quién es Periandro, el cual, según le vi salir de aquí, él lleva un volcán en los ojos y una mordaza en la lengua.
-¡Ay, desdichada -replicó Auristela-, y cuán mejor me hubiera sido que me hubiera entregado al silencio eterno, pues, callando, escusara la mordaza que dices que lleva en su lengua! Indiscretas somos las mujeres, mal sufridas y peor calladas; mientras callé, en sosiego estuvo mi alma; hablé, y perdíle; y, para acabarle de perder, y para que juntamente se acabe la tragedia de mi vida, quiero que sepáis vosotros, pues el cielo os hizo verdaderos hermanos, que no lo es mío Periandro, ni menos es mi esposo ni mi amante; a lo menos, de aquéllos que, corriendo por la carrera de su gusto, procuran parar sobre la honra de sus amadas. Hijo de rey es; hija y heredera de un reino soy; por la sangre somos iguales; por el estado, alguna ventaja le hago; por la voluntad, ninguna; y, con todo esto, nuestras intenciones se responden, y nuestros deseos, con honestísimo efeto, se están mirando; sola la ventura es la que turba y confunde nuestras intenciones, y la que por fuerza hace que esperemos en ella.
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