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Los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.387

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Aquí aconteció a nuestros pasajeros una de las más estrañas aventuras que se han contado en todo el discurso deste libro.

Capítulo Veinte del Tercer Libro
 
Las posadas de Luca son capaces para alojar una compañía de soldados, en una de las cuales se alojó nuestro escuadrón, siendo guiado de las guardas de las puertas de la ciudad, que se los entregaron al huésped por cuenta, porque a la mañana, o cuando se partiesen, la había de dar dellos. Al entrar vio la señora Ruperta que salía un médico -que tal le pareció en el traje- diciendo a la huéspeda de la casa -que también le pareció no podía ser otra:
-Yo, señora, no me acabo de desengañar si esta doncella está loca o endemoniada, y, por no errar, digo que está endemoniada y loca; y, con todo eso, tengo esperanza de su salud, si es que su tío no se da priesa a partirse.
-¡Ay, Jesús! -dijo Ruperta-. ¿Y en casa de endemoniados y locos nos apeamos? En verdad, en verdad, que si se toma mi parecer, no hemos de poner los pies dentro.
A lo que dijo la huéspeda:
-Sin escrúpulo puede vuesa señoría -que éste es el merced de Italia- apearse, porque de cien leguas se podía venir a ver lo que está en esta posada.
Apeáronse todos, y Auristela y Constanza, que habían oído las razones de la huéspeda, le preguntaron qué había en aquella posada que tanto encarecía el verla.
-Vénganse conmigo -respondió la huéspeda-, y verán lo que verán, y dirán lo que yo digo.
Guió, y siguiéronla, donde vieron echada en un lecho dorado a una hermosísima muchacha, de edad, al parecer, de diez y seis o diez y siete años; tenía los brazos aspados y atados con unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho, como que le querían estorbar el moverlos a ninguna parte; dos mujeres, que debían de servirla de enfermeras, andaban buscándole las piernas para atárselas también, a lo que la enferma dijo:


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