David Copperfield (Charles Dickens) - pág.501
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Su conducta excede todo lo que se pudiera expresar. Un palo, una piedra, hubieran demostrado más agradecimiento, más corazón, más paciencia, más razón. Si no hubiera estado preparado, estoy seguro de que hubiera atentado contra mi vida.
-¡La estimo todavía más! -dije con indignación.
Littimer inclinó la cabeza, como para decir: «¿Verdaderamente? ¡Pero es usted tan joven! ». Después continuó su relato:
-En una palabra: me vi obligado durante cierto tiempo a no dejarle a su alcance ninguno de los objetos con que hubiera podido hacerse daño o hacer daño a los demás y a tenerla encerrada. Pero, a pesar de todo, una noche rompió los cristales de una ventana que yo mismo había cerrado con clavos, se dejó caer por una parra, y no he vuelto a oír hablar de ella.
-¡Puede haber muerto! -dijo miss Dartle con una sonrisa, como si hubiera querido empujar con el pie el cadáver de la desgraciada muchacha.
-Quizá se haya ahogado, señorita -repuso Littimer, demasiado dichoso de poder dirigirse a alguien-. Es muy posible. O bien la habrán ayudado los pescadores, o sus mujeres. Le gustaban mucho las malas compañías, miss Dartle, e iba a sentarse al lado de los barcos, en la playa, para charlar con los pescadores. La he visto hacerlo durante días enteros, cuando míster James estaba ausente. Y un día míster James se enfadó mucho cuando supo que había dicho a los niños que ella también era hija de un pescador y que de pequeña, en su país, corría, como ellos, descalza por la playa.
¡Oh., Emily! ¡Pobre muchacha! ¡Qué cuadro se presentó a mi imaginación! La veía sentada en la orilla lejana, en medio de los niños, que le recordaban los días de su inocencia; escuchando aquellas vocecitas que le hablaban de amor maternal, de las puras y dulces alegrías que habría conocido si hubiera sido la mujer de un honrado marinero, o bien prestando oído a la voz solemne del océano, que le murmuraría eternamente: «Nunca más».
-Cuando ya era evidente que no podía hacer nada, miss Dartle...
-Le he dicho que no me hable -respondió miss Dartle con una dureza despreciativa.
-Es porque usted me había hablado, señorita -respondió-. Le pido perdón. Sé muy bien que mi deber es obedecer.
-En ese caso, cumpla con su deber; termine la historia y márchese.
-Cuando fue evidente -continuó, en el tono más respetable y haciendo un profundo saludo- que no se la encontraba en ninguna parte, fui a unirme a míster James al sitio en que habíamos convenido que le escribiría y le informé de lo que había sucedido. Nos peleamos, y me pareció mi deber dejarle. Podía soportar, y había soportado, muchas cosas; pero míster James había llevado sus insultos hasta pegarme: era demasiado. Sabiendo el desgraciado resentimiento que existía entre él y su madre, y la angustia en que esta última debía de estar, me tomé la libertad de volver a Inglaterra para contarle...
-No le escuche usted; le he pagado para esto -me dijo miss Dartle.
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