David Copperfield (Charles Dickens) - pág.499
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Veía sus labios delgados contraerse al hablarme, como si la ahogaran los deseos de llenar a Emily de reproches.
-¿Escapado? -repetí yo.
-Sí, le ha dejado -dijo riendo-; si no la han encontrado ahora, quizá no la encuentren nunca. Quizá haya muerto.
Jamás he visto en ningún rostro semejante expresión de crueldad triunfante.
-La muerte es quizá la mayor felicidad que le pueda desear una mujer -le dije-; me alegra ver que el tiempo la ha hecho tan indulgente, miss Dartle.
No se dignó a contestarme, y se volvió hacia mí, con una sonrisa de desprecio.
-Los amigos de esa excelente y virtuosa persona son amigos de usted. Usted es su campeón y defiende sus derechos. ¿Quiere usted que le diga todo lo que se sabe de ella?
-Sí -respondí.
Se levantó con una sonrisa de maldad y gritó:
-¡Venga usted aquí! -como si llamara a algún animal inmundo-. Espero que no se permitirá usted ningún acto de venganza en este lugar, míster Copperfield -dijo mientras continuaba mirándome con la misma expresión.
Yo me incliné sin comprender lo que quería decir, y ella repitió por segunda vez: «Venga usted aquí». Entonces vi aparecer al respetable Littimer, que, siempre tan respetuoso, me hizo un profundo saludo y se colocó detrás de ella. Miss Dartle se tendió en el banco y me miró con una expresión triunfante y de malicia, en la que había, sin embargo, algo extraño, algo de gracia femenina, un atractivo singular: tenía el aspecto de esas crueles princesas que sólo se encuentran en los cuentos de hadas.
-Y ahora -le dijo en tono imperioso, sin mirarle siquiera y pasándose la mano por la cicatriz, en aquel instante quizá con más placer que pena -diga usted a míster Copperfield todo lo que sabe de la huida.
-Míster James y yo, señora...
-No se dirija usted a mí -dijo, frunciendo las cejas.
-Míster James y yo, caballero...
-Ni a mí; se lo ruego -le dije.
Littimer, sin parecer desconcertarse lo más mínimo, se inclinó ligeramente para demostrar que todo lo que nos agradara le era igualmente agradable, y prosiguió:
-Míster James y yo hemos viajado con esa joven desde el día en que ella abandonó Yarmouth bajo la protección de míster James. Hemos estado en una multitud de lugares y hemos visto muchos países; hemos visitado Suiza, Francia, Italia; en fin, estuvimos en todas partes.
Fijó los ojos en el respaldo del banco, como si fuera a él a quien se dirigía, y paseó por él suavemente sus dedos, como si tocara un piano mudo.
-Míster James quería mucho a aquella jovencita, y durante mucho tiempo ha llevado la vida más regular que yo le he visto hacer desde que estoy a su servicio. La joven hizo muchos progresos; hablaba ya los idiomas de los países por donde nos establecíamos; ya no era la campesinita de antes; he observado que la admiraban mucho por todas partes.
Miss Dartle se llevó la mano al costado. La vi lanzarle una mirada y sonreír a medias.
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