David Copperfield (Charles Dickens) - pág.498
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No recuerdo haber visto nunca una luz en la casa. Si hubiera pasado por allí como cualquier otro indiferente, hubiera creído que el dueño había muerto sin dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad de que me interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en su inmovilidad, mi imaginación es probable que hubiera forjado sobre ella las más ingeniosas suposiciones.
A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo menos posible; pero mi espíritu no podía pasar por allí, como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substraerme a los pensamientos que me asaltaban. Aquella tarde en particular, mientras proseguía mi camino, evocaba sin querer las sombras de mis recuerdos de infancia, sueños más recientes, esperanzas vagas, penas demasiado reales y demasiado profundas; había en mi alma una mezcla de realidad y de imaginación que se confundía con el plan del asunto en que acababa de estar pensando, dando a mis ideas un aspecto singularmente novelesco. Meditaba tristemente mientras andaba, cuando una voz cercana me hizo estremecer de pronto.
Era voz de mujer, y reconocí la de la doncella de mistress Steerforth, aquella que llevaba una cofia con cintas azules. Las cintas habían desaparecido, probablemente para estar más en armonía con el aspecto lamentable de la casa, y no tenía más que un lazo o dos, de un marrón modesto.
-¿Quiere usted tener la bondad, caballero, de venir a hablar con miss Dartle?
-¿Miss Dartle me llama?
-Esta tarde no, caballero; pero es lo mismo. Miss Dartle le ha visto a usted pasar hace uno o dos días, y me ha dicho que me sentara en la escalera a trabajar y le rogara que entrase a hablarle la primera vez que le viera.
La seguí, y en el camino le pregunté cómo se encontraba mistress Steerforth. Me contestó que estaba siempre indispuesta y que salía muy poco de su habitación.
Cuando llegamos a la casa me condujeron al jardín, donde encontré a miss Dartle. Me adelanté solo hacia ella. Estaba sentada en un banco, al final de una especie de terraza, desde donde se veía Londres. La tarde era oscura, y sólo una claridad rojiza iluminaba el horizonte; y la gran ciudad, que se percibía a lo lejos gracias a aquella claridad siniestra, me pareció muy apropiada con el recuerdo de aquella mujer ardiente y altanera.
Me vio acercarme y se levantó para recibirme. La encontré todavía más pálida y más delgada que en nuestra última entrevista; sus ojos brillaban más y su cicatriz era más visible.
Nuestro encuentro no fue cordial. La última vez que nos habíamos visto nos habíamos separado después de una escena bastante violenta, y había en toda su persona un aire de desdén que no se tomaba el trabajo de disimular.
-Me dicen que desea usted hablarme, miss Dartle -le dije, deteniéndome a su lado, con la mano apoyada en el respaldo del banco.
-Sí -dijo ella-; haga usted el favor de decirme si han encontrado a esa muchacha.
-No.
-Sin embargo, ¡se ha escapado!
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