Los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.44
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-Dices verdad, hijo -respondió el padre.
-Soy de parecer -dijo Ricla- que aguardemos dos días, porque de una isla que está tan cerca desta que algunas veces, estando el sol claro y el mar tranquilo, alcanzó la vista a verla, della vienen a ésta sus moradores a vender y a trocar lo que tienen con lo que tenemos, y a trueco por trueco. Yo saldré de aquí, y, pues ya no hay nadie que me escuche o que me impida, pues ni oyen ni impiden los muertos, concertaré que me vendan una barca, por el precio que quisieren, que la he menester para escaparme con mis hijos y mi marido, que encerrados en una cueva tengo de la riguridad del fuego. Pero quiero que sepáis que estas barcas son fabricadas de madera, y cubiertas de cueros fuertes de animales, bastantes a defender que no entre agua por los costados; pero, a lo que he visto y notado, nunca ellos navegan sino con mar sosegado, y no traen aquellos lienzos que he visto que traen otras barcas que suelen llegar a nuestras riberas a vender doncellas o varones para la vana superstición que habréis oído decir que en esta isla ha muchos tiempos que se acostumbra, por donde vengo a entender que estas tales barcas no son buenas para fiarlas del mar grande, y de las borrascas y tormentas que dicen que suceden a cada paso.
A lo que añadió Periandro:
-¿No ha usado el señor Antonio deste remedio en tantos años como ha que está aquí encerrado?
-No -respondió Ricla-, porque no me han dado lugar los muchos ojos que miran, para poder concertarme con los dueños de las barcas, y por no poder hallar escusa que dar para la compra.
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