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Los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.43

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Díjome grandezas de la siempre Virgen María, reina de los cielos y señora de los ángeles y nuestra, tesoro del Padre, relicario del Hijo y amor del Espíritu Santo, amparo y refugio de los pecadores. Con éstas me ha enseñado otras cosas, que no las digo por parecerme que las dichas bastan para que entendáis que soy católica cristiana. Yo, simple y compasiva, le entregué un alma rústica, y él (merced a los cielos) me la ha vuelta discreta y cristiana. Entreguéle mi cuerpo, no pensando que en ello ofendía a nadie, y deste entrego resultó haberle dado dos hijos, como los que aquí veis, que acrecientan el número de los que alaban al Dios verdadero. En veces le truje alguna cantidad de oro, de lo que abunda esta isla, y algunas perlas que yo tengo guardadas, esperando el día, que ha de ser tan dichoso, que nos saque desta prisión y nos lleve adonde con libertad y certeza, y sin escrúpulo, seamos unos de los del rebaño de Cristo, en quien adoro en aquella cruz que allí veis.» Esto que he dicho me pareció a mí era lo que le faltaba por decir a mi señor Antonio -que así se llamaba el español bárbaro. El cual dijo:
-Dices verdad, Ricla mía -que éste era el propio nombre de la bárbara.
Con cuya variable historia admiraron a los presentes, y despertaron mil alabanzas que les dieron, y mil buenas esperanzas que les anunciaron, especialmente Auristela, que quedó aficionadísima a las dos bárbaras, madre y hija.
El mozo bárbaro, que también, como su padre, se llamaba Antonio, dijo a esta sazón no ser bien estarse allí ociosos, sin dar traza y orden cómo salir de aquel encerramiento, porque si el fuego de la isla, que a más andar ardía, sobrepujase las altas sierras, o traídas del viento cayesen en aquel sitio, todos se abrasarían.


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