David Copperfield (Charles Dickens) - pág.497
Indice General
|
Volver
Página 497 de 653
Mi tía se levantó con gravedad, se acercó lentamente a míster Dick y le besó en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él, pues iba a comprometerse; estaba viendo el momento en que, en el exceso de su alegría ante aquella escena, iba a saltar a la pata coja o a pie juntillas.
-Eres un hombre muy notable, Dick -le dijo mi tía, en tono muy decidido de aprobación-, y no finjas nunca lo contrario, pues te conozco bien.
Después mi tía le agarró de una manga, me hizo una seña y nos deslizamos suavemente fuera de la habitación.
-He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial amiga -dijo mi tía-, y esto me va a proporcionar una buena noche, aunque no tuviera además otros motivos de satisfacción.
-Estaba completamente trastornada, mucho me temo -dijo míster Dick en tono de gran conmiseración.
-¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo trastornado`? -exclamó mi tía.
-No creo haber visto nunca un cocodrilo -contestó con dulzura míster Dick.
-No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal -dijo mi tía en tono conmovido- ¡Si las madres pudieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya están casadas, en lugar de hacer tanto ruido con su pretendida ternura! Parece que el único auxilio que pueden prestar a las desgraciadas muchachas que han traído al mundo (y Dios sabe si las desgraciadas han demostrado nunca ganas de venir) es el hacerlas volver a marcharse cuanto antes a fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas, Trot?
Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas de las frases que había empleado mistress Strong me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay matrimonio más desacertado que aquel en que hay tan pocas semejanzas de ideas y de carácter...» . « El primer movimiento de un corazón indisciplinado ...» «Mi amor está tallado en la roca ...» Pero llegaba a casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el viento de otoño silbaba.
CAPÍTULO VI
INTELIGENCIA
Si creo a mi memoria, bastante insegura en cuestión de fechas, hacía un año que me había casado, cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando en el libro que escribía (pues mi éxito había seguido el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarcado en mi primer trabajo de ficción), detuve el paso al pasar por delante de la casa de mistress Steerforth. Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que vivía en la vecindad, aunque cuando podía elegía siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un gran rodeo, y terminé por pasar por allí muy a menudo.
Nunca había hecho más que mirar rápidamente a la casa. Ninguna de las habitaciones principales daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticuadas, no resultaban muy alegres de mirar, tan cerradas. Había un caminito cubierto que cruzaba un patio embaldosado que llegaba a la puerta de entrada y a una ventana en arco de la escalera, muy en armonía con lo demás, que, aunque era la única que no estaba cerrada con persianas, no dejaba de resultar tan triste y abandonada como las otras.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
498
499
500
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|