Los Trabajos de Persiles y Sigismunda (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.37
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»Si quedé espantado o no, a vuestra consideración lo dejo; pero no fue bastante la turbación mía para dejar de poner en obra el consejo que se me había dado. Apreté los escalamos, até los remos, esforcé los brazos y salí al mar descubierto. Mas, como suele acontecer que las desdichas y afliciones turban la memoria de quien las padece, no os podré decir cuántos fueron los días que anduve por aquellos mares, tragando, no una, sino mil muertes a cada paso, hasta que, arrebatada mi barca en los brazos de una terrible borrasca, me hallé en esta isla, donde di al través con ella, en la misma parte y lugar adonde está la boca de la cueva por donde aquí entrastes. Llegó la barca a dar casi en seco por la cueva adentro, pero volvíala a sacar la resaca; viendo yo lo cual, me arrojé della, y, clavando las uñas en la arena, no di lugar a que la resaca al mar me volviese. Y, aunque con la barca me llevaba el mar la vida, pues me quitaba la esperanza de cobrarla, holgué de mudar género de muerte, y quedarme en tierra: que, como se dilate la vida, no se desmaya la esperanza.»
A este punto llegaba el bárbaro español, que este título le daba sus traje, cuando en la estancia más adentro, donde habían dejado a Cloelia, se oyeron tiernos gemidos y sollozos. Acudieron al instante con luces Auristela, Periandro y todos los demás a ver qué sería, y hallaron que Cloelia, arrimadas las espaldas a la peña, sentada en las pieles, tenía los ojos clavados en el cielo, y casi quebrados.
Llegóse a ella Auristela, y, a voces compasivas y dolorosas, le dijo:
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