David Copperfield (Charles Dickens) - pág.496
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Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor, aunque él se esforzaba en impedírselo; y con los ojos llenos de lágrimas continuó:
-No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que haya tenido razón o no, creo que si volviera a empezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo que era quererte y saber que antiguos recuerdos podían hacerte creer lo contrario; saber que me habían podido suponer infiel y estar rodeada de apariencias que confirmaban semejante sospecha. Yo era muy joven y no tenía a nadie que me aconsejara; entre mamá y yo siempre ha habido un abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí misma, si he ocultado el insulto que me habían hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma, porque deseaba ardientemente que tú también pudieses respetarme.
-¡Annie, corazón mío! -dijo el doctor-. ¡Hija mía querida!
-¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía a menudo que tú hubieras podido casarte con una mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y preocupaciones, una mujer que hubiera sabido estar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubiese hecho mucho mejor continuando siendo tu discípula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la altura de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía guardar silencio; pero era porque te respetaba, porque esperaba que un día también tú podrías respetarme.
-Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no terminará nunca.
-Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo sola mi carga, no revelar nunca a nadie la indignidad de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una palabra más, ¡oh, el mejor de los amigos! Hoy he sabido la causa del cambio que había observado en ti y por el que tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis antiguos temores como estaba a punto de comprender la verdad; en fin, una casualidad me ha revelado esta noche toda la grandeza de tu confianza en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No creo que todo mi amor ni todo mi respeto puedan jamás hacerme digna de esa confianza inestimable; pero al menos puedo levantar los ojos sobre el noble rostro del que he venerado como un padre, amado como un marido, respetado desde mi infancia como un amigo, y declarar solemnemente que nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he faltado; que nunca he variado en el amor y la fidelidad que te debo.
Había echado los brazos alrededor del cuello del doctor; la cabeza del anciano reposaba en la de su mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las trenzas oscuras de Annie.
-Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío; no me alejes nunca de ti; no pienses, no digas que hay demasiada distancia entre nosotros; lo único que nos separa son mis imperfecciones; cada día estoy más convencida y cada día también te quiero más. ¡Oh, recógeme en tu corazón, esposo mío, pues mi amor está tallado en la roca y durará eternamente!
Hubo un largo silencio.
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