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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.494

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Era una chiquilla todavía, y creo que me entristeció pensar en el cambio que traería el matrimonio a la naturaleza de los sentimientos que le había profesado hasta entonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a mis ojos tal como le había conocido cuando sólo era su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera digna de él, y nos casamos.
-En la iglesia de San Alphage Canterbury -observó mistress Markleham.
(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía-. ¿Es que no quiere callarse?)
-No pensé ni un momento -continuó Annie, enrojeciendo- en los bienes materiales que mi marido poseía. A mi joven corazón no le preocupaban semejantes cosas. Mamá, perdóname si lo digo que tú fuiste la primera que me hiciste comprender que en el mundo podría haber personas bastante injustas hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel sospecha.
-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.
(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted -observó mi tía-; y esta vez, por mucho juego que des al abanico, no te puedes negar, marcial amiga.)
-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida -dijo Annie-. Fue la primera de mis penas; pero últimamente han sido tan numerosas, que no podría contarlas; pero no por la razón que tú supones, amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pensamiento, ni un recuerdo, ni una esperanza que no esté unida a ti.
Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que parecía el espíritu de la belleza y de la verdad. El doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie sostuvo su mirada.
-No le reprocho a mamá que te haya pedido nunca nada para sí misma; sus intenciones han sido siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo decir lo que he sufrido al ver las llamadas indirectas que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía de mi nombre respecto a ti, cuando he sido testigo de tu generosidad y de la pena que sentía míster Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos. ¡Cómo decirte lo que sentí la primera vez que me vi expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido mi amor, a ti, el hombre que más estimaba en el mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de una vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he sufrido; mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener siempre sobre el corazón ese temor, esa angustia, y saber en conciencia que el día de mi matrimonio no había hecho más que coronar el amor y el honor de mi vida.
-¡Y esto es lo que se gana -exclamó mistress Markleham llorando- sacrificándose por los hijos! ¡Querría ser turca!
(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras quedado en tu país natal -dijo mi tía.)
-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto de mi primo Maldon. Yo había tenido -dijo en voz baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con él.


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