David Copperfield (Charles Dickens) - pág.493
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Imposible describir los ojos asustados de mistress Markleham durante todo mi relato ni las interjecciones agudas que se le escapaban.
Cuando hube terminado, Annie permaneció todavía un momento silenciosa, con la cabeza baja, como ya la he descrito; después cogió la mano del doctor, quien no había cambiado de actitud desde que habíamos entrado en la habitación; la estrechó contra su corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie con dulzura, y ella continuó apoyada en él y con los ojos fijos en su marido.
-Voy a poner al desnudo ante vosotros -dijo con voz modesta, sumisa y tierna- todo lo que ha llenado mi corazón desde que me casé. No podría vivir en paz, ahora que lo sé todo, si quedara la menor oscuridad sobre este punto.
-No, Annie -dijo el doctor con dulzura-; nunca he dudado de ti, hija mía; no es necesario, querida mía; de verdad no es necesario.
-Es necesario que abra mi corazón ante ti, que eres la verdad, la generosidad misma; ante ti, que lo he amado y respetado siempre, cada vez más, desde que lo he conocido. Dios lo sabe.
-En realidad -dijo mistress Markleham-, si tengo toda mi razón...
-Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local -murmuró mi tía con indignación.
- ... debe permitírseme decir que es inútil entrar en todos esos detalles.
-Mi marido es el único que puede ser juez -dijo Annie sin cesar un instante de mirar al doctor-, y él quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste, perdónamelo. Yo también he sufrido mucho, y largo tiempo.
-¡Palabra de honor! -murmuró mistress Markleham.
-Cuando yo era muy joven -dijo Annie-, pequeñita, sólo una niña, las primeras nociones sobre todas las cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente. El amigo de mi padre, que había muerto, me ha sido siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada sin que se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los grabó con su sello; enseñada por otros, creo que hubiera recibido una influencia menos saludable.
-No habla de su madre para nada -murmuró mistress Markleham.
-No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es necesario, A medida que crecía, él continuaba siendo el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés que me demostraba, y le tenía un afecto profundo y sincero. Le consideraba como un padre, como un guía, cuyos elogios me eran más preciosos que cualquier otro elogio del mundo, como a alguien a quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado del mundo entero. Tú sabes, mamá, lo joven a inexperta que era cuando de pronto me lo presentaste como marido.
-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a todos los que están aquí -dijo mistress Markleham.
(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable más -murmuró mi tía.)
-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida tan grande, según me parecía -dijo Annie, continuando en el mismo tono-, que en el primer momento me sentí inquieta y desgraciada.
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