David Copperfield (Charles Dickens) - pág.491
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El querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es únicamente para expresar...», decía. Annie, amor mío, escucha bien... «Es únicamente para expresar toda la confianza que tengo en mistress Strong por lo que le dejo mi fortuna entera, sin condiciones.» Uno de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condiciones». Yo, conmovida, como pueden ustedes suponer que lo está una madre en semejantes circunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a punto de caerme en la puerta, corro por el pasillo que da a la antecocina.
Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él; allí estuvo apoyada contra la balaustrada.
-¿No les parece un espectáculo edificante, miss Trotwood, y usted, míster Copperfield -continuó mistress Markleham-, el ver a un hombre de la edad del doctor Strong con la fuerza de voluntad necesaria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón que yo tenía. Cuando el doctor Strong me hizo una visita de las más halagadoras y me pidió la mano de Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el doctor Strong te asegurará el porvenir todavía más de lo que ahora dice y promete».
En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes salieron del despacho del doctor.
-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano después de escuchar, El buen hombre ha firmado, sellado y entregado el testamento, y tiene la conciencia tranquila, tiene derecho. ¡Qué hombre! Annie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho, pues no sé prescindir de las noticias del día. Miss Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al doctor, se lo ruego.
Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su cortaplumas, cuando seguimos a mistress Strong al despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente la nariz, como para distraer un poco su furor contra nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir, lo he olvidado sin duda, es quién fue el que entró primero en el despacho, ni cómo mistress Markleham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco podría decir cómo fue que mi tía y yo nos encontramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron más listos que los míos y me retuvo expresamente; no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al doctor antes de que nos viera; estaba en medio de los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo instante vimos entrar a mistress Strong, pálida y temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una mano encima del brazo del doctor, que levantó la cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de rodillas a sus pies, con las manos juntas, suplicante, fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al ver aquello, mistress Mark1eham dejó caer el periódico, con una expresión de asombro tal, que se hubiera podido coger su rostro para ponerle en la proa, a la cabeza, de un navío llamado La Sorpresa.
En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en su extrañeza, y a la dignidad de su mujer en su actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster Dick y a la seriedad con que mi tía se repetía a sí misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! » (pues triunfaba en aquel momento de la posición miserable de que le había sacado), me parece que lo estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en que lo estoy contando.
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