David Copperfield (Charles Dickens) - pág.490
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Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de nada durante tres semanas, y, sin embargo, me tomaba un verdadero interés por el resultado de sus esfuerzos; percibía un extraño resplandor de buen sentido en la conclusión a que había llegado; en cuanto a su buen corazón, nunca había dudado de él. Pero terminé por creer que, como era inconstante y ligero, había olvidado o desistido de su proyecto.
Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo nos fuimos a la casa del doctor. Era en otoño, y no había debates en el Parlamento que me estropearan la fresca brisa de la tarde y el olor de las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hacía tanto tiempo en nuestro jardincito de Bloonderstone, el viento, al gemir, parecía traerme también una vaga tristeza, como entonces.
Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a casa del doctor. Mistress Strong dejaba el jardín en que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardinero en algunas cosas. El doctor tenía una visita en su despacho; pero mistress Strong nos dijo que pronto quedaría libre, y nos rogó que le esperásemos. La seguimos al salón y nos sentamos en la oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin ningún cumplido. Vivíamos libremente juntos, como antiguos amigos y buenos vecinos.
Estábamos así desde hacía un momento, cuando mistress Markleham, que siempre tenía que complicarlo todo, entró bruscamente, con su periódico en la mano, diciendo con voz entrecortada:
-Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que había alguien en el despacho?
-Pero, mamá -repuso ella tranquilamente-, no podía adivinar que querías saberlo.
-¡Que quería saberlo! -dijo mistress Markleham dejándose caer en el diván-. En mi vida me he llevado un susto semejante.
-Según eso, ¿has entrado en el despacho, mamá? -preguntó Annie.
-¿Que si he entrado en el despacho, querida mía? -repuso con nueva energía-. ¡Ya lo creo! Y he caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted mi emoción, miss Trotwood, y usted también, míster David! Precisamente en el momento en que estaba haciendo testamento.
Su hija se volvió vivamente.
-Precisamente en el momento, mi querida Annie, en que estaba haciendo testamento, redactando sus últimas voluntades -repitió mistress Markleham extendiendo el periódico sobre sus rodillas, como una servilleta-. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que contarles cómo ha sucedido. De verdad, sí debo contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este encanto de hombre, pues es un verdadero encanto este doctor. Quizá sabe usted, miss Trotwood, que en esta casa tienen la costumbre de no encender las luces hasta que materialmente se ha destrozado una los ojos leyendo el periódico, y también que únicamente en el despacho del doctor se encuentra una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por eso iba al despacho del doctor, donde había visto luz. Abro la puerta, y al lado del querido doctor veo a dos señores vestidos de negro, evidentemente procuradores, los tres de pie delante de la mesa.
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