David Copperfield (Charles Dickens) - pág.489
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Yo respondí a la solicitud que expresaba su fisonomía dando a la mía la misma expresión y moviendo la cabeza.
-¡Y qué nubes! -dijo míster Dick.
Me miraba con una expresión tan preocupada, y parecía tan deseoso de saber o que serían aquellas nubes, que me tomé el trabajo de contestarle lentamente y claramente, como si se lo explicara a un niño:
-Hay entre ellos un desgraciado motivo de división -respondí-, alguna triste causa de desunión. Es un secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la diferencia de edad que existe entre ellos. Quizá es la cosa más insignificante del mundo.
Míster Dick acompañaba cada una de mis frases con un movimiento de atención. Cuando terminé, se detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos en mí y la mano en mis rodillas.
-Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trotwood? -dijo al cabo de un momento.
-No; la quiere con ternura.
-Entonces ya sé lo que es, hijo mío -dijo míster Dick.
En un acceso repentino de alegría me golpeó las rodillas y se echó hacia atrás en su silla, con las cejas muy levantadas. Le creí completamente loco. Pero pronto recobró su gravedad, a inclinándose hacia adelante, me dijo, después de haber sacado su pañuelo, con expresión respetuosa, como si realmente representara a mi tía:
-Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trotwood. ¿Cómo no habrá hecho nada para que renazca el orden en esta casa?
-Es un asunto demasiado delicado y demasiado difícil para que pueda nadie mezclarse en él -dije.
-Y tú, que eres tan instruido -continuó míster Dick, tocándome con la punta del dedo-, ¿por qué no has hecho nada?
-Por la misma razón -respondí.
-Entonces estoy en ello, hijo mío -repuso míster Dick.
Y se enderezó ante mí todavía más triunfante, moviendo la cabeza y dándose golpes en el pecho. Parecía que había jurado arrancarse el alma del cuerpo.
-Un pobre hombre, ligeramente tocado -continuó mister Dick-, un idiota, una inteligencia débil, hablo de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden intentar siquiera las personas más distinguidas del mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello, y no me guardarán rencor. No podré parecerles indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo puedo decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick. ¿Y quién se fija en Dick? Dick no es nadie. ¡Bah!
Y sopló con desprecio hacia su insignificante personalidad, como si lanzara una paja al viento.
Felizmente, avanzaba en sus explicaciones, cuando oímos detenerse el coche a la puerta del jardín. Dora y mi tía volvían.
-Ni una palabra, muchacho -continuó en voz baja-; deja toda la responsabilidad a Dick, a este infeliz de Dick..., ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que lo pensaba; ahora es el momento. Después de lo que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va bien.
Míster Dick no pronunció ni una palabra más sobre aquel asunto; pero durante media hora me hizo signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué pensar, para pedirme que guardara el más profundo secreto.
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