Las Dos Doncellas (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.33
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-Sosegaos, señor, por lo que debéis a buen soldado, y hacedme merced de poneros a mi lado, que yo os libraré de la insolencia y demasía deste desmandado vulgo.
-¡Ah, señor! -respondió don Rafael-; ¡dejadme pasar, que veo en gran peligro puestas las cosas que en esta vida más quiero!.
Dejóle pasar el caballero, mas no llegó tan a tiempo que ya no hubiesen recogido en el esquife de la galera capitana a Marco Antonio y a Leocadia, que jamás le dejó de los brazos; y, queriéndose embarcar con ellos Teodosia, o ya fuese por estar cansada, o por la pena de haber visto herido a Marco Antonio, o por ver que se iba con él su mayor enemiga, no tuvo fuerzas para subir en el esquife; y sin duda cayera desmayada en el agua si su hermano no llegara a tiempo de socorrerla, el cual no sintió menor pena, de ver que con Marco Antonio se iba Leocadia, que su hermana había sentido (que ya también él había conocido a Marco Antonio). El caballero catalán, aficionado de la gentil presencia de don Rafael y de su hermana (que por hombre tenía), los llamó desde la orilla y les rogó que con él se viniesen; y ellos, forzados de la necesidad y temerosos de que la gente, que aún no estaba pacífica, les hiciese algún agravio, hubieron de aceptar la oferta que se les hacía.
El caballero se apeó, y, tomándolos a su lado, con la espada desnuda pasó por medio de la turba alborotada, rogándoles que se retirasen; y así lo hicieron. Miró don Rafael a todas partes por ver si vería a Calvete con las mulas y no le vio, a causa que él, así como ellos se apearon, las antecogió y se fue a un mesón donde solía posar otras veces.
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