David Copperfield (Charles Dickens) - pág.487
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-Y ya sabe, mi querido doctor -continuo El Veterano, dándole muchos golpecitos amistosos-, que puede usted disponer de mí en todo momento. Sepa que estoy enteramente a su disposición. Estoy dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los conciertos, a las exposiciones, a todas partes; y ya verá usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El deber, mi querido doctor, el deber ante todo!
Cumplía su palabra. Era de esas personas que pueden soportar una cantidad enorme de diversiones sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y lo leía todos los días durante dos horas, sentada en un cómodo sillón) descubría que había que ver algo que divertiría mucho a Annie. En vano protestaba Annie, que estaba cansada de todo aquello; su madre le contestaba invariablemente:
-Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo decirte, amor mío, que es agradecer muy mal la bondad del doctor Strong.
Este reproche se lo dirigía por lo general en presencia del doctor, y me parecía que aquello era lo que principalmente decidía a Annie a acceder, y se resignaba casi siempre a it a donde la quería llevar El Veterano.
Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Algunas veces animaban a mi tía para que se uniera a ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes hubiera dudado en dejarla; pero recordando lo que había sucedido aquella noche en el gabinete del doctor, ya no tenía la misma desconfianza. Creía que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que él.
Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando estábamos solos, y me decía que no lo comprendía, pero que querría verlos más dichosos, y que no creía que su marcial amiga (así llamaba siempre al Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía también que el primer acto de sensatez de nuestra marcial amiga debía ser el arrancar todas las mariposas de su cofia y regalárselas a algún deshollinador para que se disfrazara en Carnaval.
Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick. «Era evidente que aquel hombre tenía una idea -decía-; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos días, encerrarla en un rincón de su cerebro, lo que era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse de una manera extraordinaria. »
Ignorante de aquella predicción, míster Dick continuaba siempre en la misma posición, bis a bis del doctor y de mistress Strong. Parecía no avanzar ni retroceder una pulgada, inmóvil en su base, como un edificio sólido; y confieso que, en efecto, me hubiera sorprendido tanto verla avanzar un peso como ver andar una casa.
Pero una noche, algunos meses después de mi matrimonio, mister Dick entreabrió la puerta de nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi tía habían ido a tomar el té a casa de los dos pajaritos), y me dijo, con una tos significativa:
-Temo que te moleste charlar un rato conmigo, Trotwood.
-De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor de entrar.
-Trotwood -me dijo, apoyándose el dedo en la nariz, después de estrecharme la mano-, antes de sentarme querria hacerte una observación.
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