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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.486

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Vivíamos muy cerca de él, y le veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos ido a comer y a tomar el té a su casa. El Veterano vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con sus mariposas inmortales revoloteando alrededor de su cofia.
Como a tantas otras madres que he conocido en mi vida, a mistress Markleham le gustaba mucho más divertirse que a su hija. Necesitaba divertirse, y como un hábil «veterano» que era, quería hacer creer, al consultar sus propias inclinaciones, que se sacrificaba por su hija. Esta excelente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta a favorecer los deseos del doctor, que quería que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar la discreción de su yerno.
No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor sin saberlo; y sin poner en ello más que cierta cantidad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a veces hasta en personas de edad madura, le confirmaba, yo creo, en la idea de que era imponente para la juventud de su mujer y de que no podia hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de felicitarle porque trataba de endulzar a Annie el peso de la vida.
-Amigo mío -le decía un día en mi presencia-, usted sabe muy bien, sin duda, que es un poco triste para Annie el estar encerrada siempre aquí.
El doctor movió la cabeza con benevolencia.
-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió mistress Markleham, moviendo su abanico- será otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda; con tal de estar bien acompañada, no desearía nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y Annie no es su madre.
-Ya, ya -dijo el doctor.
-Usted es el hombre mejor del mundo. No; dispénseme usted -continuo, viendo que el doctor le hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de usted como lo digo siempre por detrás: es usted el hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted no puede, ¿no es verdad?, tener los mismos gustos y preocupaciones que Annie.
-¡No! -dijo el doctor con voz triste.
-Es completamente natural -repuso El Veterano-. Vea usted, por ejemplo, su diccionario. ¿Hay algo más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El sentido de las palabras! Sin el doctor Johnson y hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un palo de escoba! Pero no podemos pedirle a Annie que se interese por un diccionario cuando ni siquiera está terminado, ¿no es cierto?
El doctor sacudió la cabeza.
-Y por eso apruebo tanto sus atenciones delicadas -dijo mistress Markleham, dándole en el hombro un golpecito con el abanico-. Eso prueba que usted no es como tantos ancianos que querrían encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. Usted ha estudiado el carácter de Annie y lo ha comprendido. Y eso es lo que me parece encantador.
El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y paciencia habitual, soportar con trabajo todos aquellos cumplidos.


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