David Copperfield (Charles Dickens) - pág.485
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Porque has de saber, señor sabio, que eso te impedirá olvidarme mientras estás sumergido en tus meditaciones silenciosas. ¿Te enfadarías si te dijera una cosa muy necia, todavía más necia que de costumbre?
-Veamos esa maravilla.
-Déjame que vaya dándote las plumas a medida que las necesites -me dijo Dora-. Tengo ganas de poder ayudarte en algo durante esas horas en que tanto trabajas. ¿Me dejas que las coja para dártelas?
El recuerdo de su alegría cuando le dije que sí, hace que se me salten las lágrimas. Cuando al día siguiente me puse a escribir, ella se había instalado al lado mío con un gran paquete de plumas, y así fue siempre. El gusto con que se asociaba de aquel modo a mi trabajo y su alegría cada vez que necesitaba una pluma, lo que me sucedía sin cesar, me dio la idea de proporcionarle una satisfacción mayor todavía, y de vez en cuando hacía como que la necesitaba para copiarme una o dos páginas de mi manuscrito. Entonces se ponía radiante. Había que verla prepararse para aquella gran empresa, ponerse el delantal, coger trapos de la cocina para limpiar la pluma, y lo que tardaba, y las veces que leía las páginas a Jip, como si pudiera comprenderlo; y después firmaba su página, como si la obra hubiera quedado incompleta sin el nombre del copista, y me la traía, muy alegre de haber acabado su deber, echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encantador para mí, aunque los demás no vean en ello más que niñerías!
Poco tiempo después tomó posesión de las llaves, que paseaba por toda la casa en un cestito atado a su cintura. En general, los armarios a que pertenecían no estaban cerrados, y las haves terminaron por no servir más que para divertir a Jip; pero Dora estaba contenta, y eso era suficiente para mí. Estaba convencida de que aquella determinación debía de producir el mejor efecto, y estábamos contentos como dos niños que juegan a las casas de muñecas para divertirse.
Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi tanta ternura a mi tía como a mí, y le hablaba a menudo de los tiempos en que pensaba en ella como en «una vieja gruñona». Nunca se había preocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip, que no le correspondía; oía tocar todos los días la guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la música; no nombraba nunca a nuestra serie de «incapaces», y, sin embargo, la tentación debía ser muy grande para ella; hacía a pie caminatas enormes para traer a Dora toda clase de cosillas de que tenía gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no estaba abajo se la oía decir en la escalera, con una voz que resonaba alegremente en toda la casa:
-Pero ¿dónde está Capullito?
CAPÍTULO V
MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI TÍA
Hacía ya algún tiempo que había dejado de trabajar con el doctor.
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